Galeando


‘Tengo una ciudad atravesada entre los párpados.
Si pudiera, le diría que los sueños están para jamás cumplirlos;
pero tengo una ciudad atravesada en la garganta.

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme, señora, desdúdeme.

Yo me duermo a la orilla de una ciudad:
yo me duermo a la orilla de un susurro.’

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El Silencio de Don Antonio

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Esta noche mi pensamiento irá hacia Don Antonio Martín Macías, que murió este enero casi a los 80 años. Decía Rilke que “La verdadera patria del Hombre es su infancia”, y yo añado que siempre estará llena de personas, formando un mosaico de fantasmas a tu espalda, casi en formación romana, que te sostendrán. Una de ellas fue Don Antonio.

¿Infancia? Adolescencia final, más bien. Primera juventud suena demasiado cursi. ¿Qué edad se tiene en COU, 17, 18 años? Tendría que mirarlo. Con esa edad maleable hice el COU, Curso de Orientación Universitaria, ese curso suelto, último de la Enseñanza Media, para los que querían optar a Selectividad y entrar en la Universidad, un verso suelto para mí. Lo hice en la Academia IFAR, en Sevilla, ya que mi vida entonces, casi diría, la pasé entera en el mismo colegio desde parvulario hasta completar el BUP, muchos años que se dice pronto, pero no contaba con COU.

IFAR ya no existe. Es uno de esos deliciosos fantasmas. Era un edificio del siglo XVIII, una imponente pero discreta al exterior gran casa sevillana, de fachada casi conventual, y un interior espléndido nunca adivinado desde la calle. Se levantaba en pleno casco histórico de la ciudad sobre los cimientos de un antiguo templo romano, y se distribuía en tres plantas girando sobre un gran patio cuadrado central de arcos y columnas, con más años que la suma de todos los que hubiéramos dentro. Una inmensa escalera de madera, con los peldaños combados del tiempo, del gusto del clasicismo desornamentado herreriano, daba acceso a las aulas. Un palacio monacal, diría.

Y en ese patio fumábamos. ¿Cómo plantear siquiera hoy día que los alumnos fumen en su colegio? Apoyados sobre esas columnas, charlábamos y fumábamos juntos y revueltos, profesores y alumnos, como un centro nuclear donde convergiera todo lo dicho en las plantas superiores, en las aulas. Arriba se enseñaba, abajo se discutía. Sonaba el timbre de llamada a clase y el suelo quedaba alfombrado de colillas adolescentes; pero también de colillas docentes, porque los profesores fumaban con nosotros (¡Herejía!) Y Don Antonio era un empedernido fumador, de colilla ligeramente caída pero tan firmemente agarrada entre el principio de sus dedos casi como prolongación de la carne de su mano, y que hacía tapar la vista de su cara cuando se acercaba a la boca la palma extendida. Sólo quedaban al aire, entrevistos, sus pequeños, brillantes y astifinos ojos. Un cigarrillo a Don Antonio le podía durar un decenio. Bocanadas largas, siempre pausadas, exhalando el humo con la mirada de quien sabe que cuando termine va a decirte algo que te cambiará la vida.

IFAR era entonces uno de los curiosos fenómenos ya extinguidos, una empresa familiar, ni colegio religioso concertado ni instituto público como los de ahora. Con un nivel de profesorado excelente, extraordinario, cuyo mérito principal era ese. Profesores de todas clases, leches, edades, ideas… Los grandes colegios se forjan así. Un rara avis entre colegios congregacionales y educación pública laica. Estaba rodeado de viejos bares, cafés y tabernas antiguas, en pleno meollo del centro histórico, donde desayunábamos. Mucha de la crema política estudiantil sevillana, muchos de los que construyeron los pasos del tardofranquismo a la nueva democracia, años antes que yo, pasaron por allí.

Don Antonio; tres asignaturas, si no recuerdo mal. Y ni lo sé, porque todas se me devienen en una; lo que yo aprendí. Póngase el nombre que se quiera. Abusaba de los dictados, pero la inflexión sosegada de sus palabras lo suplía todo, me maravillaba. Era un hombre que iba a otra velocidad; recuerdo su cadencia al andar jamás alterada, su trato dulcísimo y paternal, exquisito, sus gafas de bibliotecario antiguo y el cuerpo más flaco que probablemente veré nunca. Enjuto, seco, cultísimo; de austeridad franciscana, le recorría cierto aire de sabio meditabundo retirado en el desierto, alejado de misterios mundanos. La piedra con envoltorio de cristal.

Muchas colillas compartidas en tiempos de miradas cómplices, sin palabras. Cuando hablábamos, siempre tenía la sensación de que por encima de lo que yo estuviera diciendo él estaba diseccionándome con mirada de entomólogo, más allá de esos ojos casi indistinguibles detrás de sus gruesas gafas, más allá del brillo intensísimo y la fuerza que tenían. Creo que toda la fuerza de su esquelético cuerpo se concentraba ahí, a la desesperada. Sé que yo no era una alumna más para él. Y sé que casi le parto la boca a uno cuando se refirió a él con su mote. Era “El momia”. Lo normal, todos tenían uno, algunos graciosos, otros no; forma parte del paisaje docente.

Hoy IFAR es el Museo del Baile Flamenco de Sevilla. Se hizo una monumental restauración de edificio y se habilitó para ello. Curiosamente, nunca he ido, es de esas cosas pospuestas eternamente que sabes que nunca cumplirás. Tal vez lo haga ahora. Quiero negar la negación, negar que no quiero ir en el fondo. Me han hablado muy bien de la restauración y del espacio expositivo, he visto fotos, artículos… Pero los fantasmas no cambian de color, supongo. Para mí IFAR es Don Antonio Martín Macías. La emoción de mi recuerdo. Es curioso que lo hondo, lo estremecedor, el alma seca del Flamenco se den la mano con él.

Esta madrugada en Sevilla sale “El Silencio“. Don Antonio era y es figura principal en la hermandad, y era Hermano Mayor de la cofradía cuando yo me sentaba en esas aulas. Nada que ver con el resto. Y nada que ver con que se tenga o no sentimiento religioso o católico. La Semana Santa en Sevilla estremece a los ateos, y eso es incuestionable, con independencia de las premisas intelectuales al respecto de cada uno. Yo, la primera. Pero es que ya no tiene nada que ver. Se sostiene sobre las mismas columnas que la Ópera, es un espectáculo sensorial, que aúna música, escenografía, iluminación, narrativa, espacio, aire y representación. Toca los mismos resortes cerebrales y emocionales que el “Nessun Dorma” de ‘Turandot’ en la Scala de Milán.

Mi sensibilidad estética me lleva a las llamadas “cofradías de negro“. Caoba, plata, silencio. De las que se oye el sonido de un pájaro construyendo el nido cuando pasan rozando las cabezas de una bulla de dos mil personas. A las de noche con Luna. Sevilla, escandalosa por naturaleza, vital, visceral, probablemente fabrica los mejores silencios del mundo cuando quiere. Sevilla, la ciudad con más conventos de Europa, y Sevilla, presente en más de cien óperas, desde Beethoven, Mozart o Bizet, es eso.

El Silencio“, fundada en 1340, con túnica de absoluto ruán negro, con ancho cinturón de esparto, es el paradigma. Exacta, imperturbable como los siglos. Ferozmente rigurosa y seria, la Virgen tan sólo lleva pequeños adornos de flor de azahar; los nazarenos tienen voto de silencio y la prohibición de mirar atrás, durante el recorrido en la Madrugada, apenas alumbrada por las estrechas calles de Sevilla, siempre portando los cirios en vertical y en suspensión sin tocar a escasos centímetros el suelo. No pueden levantarse el antifaz, estar en lugares públicos portando la túnica, deambular por las calles. Nada de bandas de música de cornetas; una estremecedora música de cámara, formada tan sólo por tres instrumentos, clarinete, oboe y fagot. Es el rigor, la austeridad, la compostura, la severidad, la solidez del sentido penitencial.

Eso es Don Antonio Martín Macías. La Madrugada de aquel año en el que yo era su alumna, obligué a todos mis amigos y a mi entonces pareja a ir con tiempo más que anticipado. El Hermano Mayor porta, colgada del cuello sobre el antifaz, la pequeña llave del Sagrario, lo único distinguible entre todos. Allí, desde un lugar privilegiado que elegí cuidadosamente, en mitad de la madrugada, mis ojos y los de Don Antonio se cruzaron largos segundos. Moví ligeramente la cabeza hacia abajo en una especie de señal de respeto. No hizo ningún gesto, pero vi brillar sus pequeños ojos tras el ruán, como tantas otras veces, y como, aún hoy, sigo recordando.

Nunca lo comentamos.

Mis notas en Selectividad fueron espectaculares.

PD: Reseña del fallecimiento de Don Antonio en el Diario de Sevilla, a fecha 19 de enero de 2015. DEP.

Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis

Alguien ha muerto

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Sí, alguien ha muerto. No sé quién es, si hombre, mujer, joven o viejo, ni en qué circunstancias, si era esperado o tiene detrás una de esas llamadas que nadie quiere recibir y hace que se te doblen las rodillas. Tampoco si vivió a la vuelta de la esquina o al otro lado del país, tal vez me lo haya cruzado alguna vez, yo le cediera el asiento en el metro, cambiara las ruedas de mi coche o fuera el director de un hotel en el que estuve. Pero está muerto. Ahora está muerto.

Y lo sé porque uno de sus riñones en apenas un puñado de horas estará dentro del cuerpo de mi padre. No lleva ni mes y medio en la lista de espera de trasplante de órganos. No es eso lo normal. Tampoco que ni haya pasado por diálisis, la travesía que casi todo el mundo ha de recorrer cuando el fallo renal decide llamar a su puerta. La diálisis te obliga a estar enchufado a una máquina muchas horas a la semana o a portar un dispositivo pegado a tu cuerpo como un siamés, y no es eterna, no es en sí un tratamiento y degrada tanto el organismo que sólo se entiende como paso previo y espera anhelante de ese órgano ajeno que vendrá. Mi padre tiene uno de esos grupos sanguíneos raros, que escasa población presenta, por lo que la Seguridad Social lo sube de escalafón, casi a modo de paradójica recompensa, a los primeros puestos de la lista. “Sujeto prioritario“. Su nefróloga ya dijo que en nada estaría trasplantado, pero nunca nos figuramos que fueran semanas mal contadas.

Mi padre lleva cinco años desde que se encendió la luz roja. El único riñón que tenía estaba dando síntomas de fallar. Mal asunto. Se puede vivir con uno sólo, pero sin dos ya es pasarse. No pidas tanto. El izquierdo se lo quitaron hace décadas. Yo no tengo recuerdos de eso, tan sólo el testigo inapelable de un costurón que le recorre media espalda, de los tiempos cuando la laparoscopia era cosa de ciencia ficción. Hoy apenas deja un agujero disimulado. Yo era muy pequeña, y tan sólo recuerdo que, de repente, mi abuela estaba todo el día en casa y se sentaba conmigo a ayudarme a hacer los deberes del cole, porque mamá y papá estaban de viaje en Barcelona. Lo hicieron bien. Creo que mis padres han hecho todo siempre bien. Lo único que sé de mi misma, con certeza, es que soy buena hija, y dudo que ese mérito sea mío. Ahora que lo pienso, no sé si mi hermano, dos años mayor, estaba al tanto. Nunca hemos hablado eso. Si lo estaba, desde luego, se encargó de que no lo supiera.

Lo más curioso de todo es que ese riñón nunca sabremos si funcionó. Así se lo dijeron a mis padres. Pudo dejar de funcionar un día o pudo no haber funcionado nunca. La cuestión es que mi padre ha vivido décadas con uno sólo, perfectamente, siguiendo su vida normal, una revisión al año y listos. Todo OK. Hasta que un OK fue el último. El siguiente ya detectó fallos de funcionamiento y toda la maquinaria se puso en marcha. Surtido amplio de medicamentos y cambios drásticos en la alimentación. El potasio se convirtió en la bestia negra. Nunca aprendes tanto de la composición de los alimentos hasta que ocurre que debes establecer una rígida rutina de alimentación. Nada de vegetales crudos. No ensaladas, fuera gazpachos. Al más frutero entre los fruteros, al que aún viniendo de cenar de la calle a las tantas se tomaba una pieza de fruta “porque si no parece que no he comido“, le dicen que exclusivamente manzana o pera, sólo una al día y alternas. Cuidadito con las proteínas, una porción de carne o pescado al día. Cualquier vegetal, legumbre o tubérculo utilizado la elaboración de la comida debía ser hervido dos veces, “hierves, tiras el agua, y hierves” pasó a ser el lema en casa de mis padres. Sólo el lácteo de la leche del café de la mañana. Vida sin sal. Sin frutos secos. Olvídate del crujir de una lechuga, del frescor de un tomate. Olvídate de olvidarte qué comiste ayer.

Como en todas las familias, mi madre. ¿Quién acaso lleva el timonel cuando la tormenta arrecia? Se encargó de todo casi sin que mi padre se diera más cuenta de la necesaria. Y mi padre se encargó de que, a pesar de que él tuviera una orden de alejamiento, en el centro de la mesa familiar no se escondiera nada y su familia pudiera disfrutar de todo lo que puede entrar por la boca delante de sus narices. Mi familia no es esclava de lo mío. No, el mérito no es mío.

Salvo eso, su vida ha sido perfectamente normal. Ha seguido trabajando y encargándose de todo. Eso sí, desde entonces, sus tartas de cumpleaños han sido cosa mía. Siempre le he hecho una tarta de manzana, lo único que podía comer, y tuneada en mis manos. Una simple tarta de manzana se convierte en un objeto de culto.

Ha estado años así, controlando la cosa muy bien. Hasta el equipo de nefrología estaba sorprendido. Cinco años sin necesitar diálisis, como casi todo el mundo. Siempre lindando el precipicio, pero sin caer. Cada vez que tocaba revisión para ver si el riñón al que se cuidaba como un bebé amenazaba de muerte súbita y se superaba, mi padre le decía a todo el mundo riendo: “Me han dado la condicional“. Jamás ha dejado de trabajar, mucho además, profesional liberal que heredó de sus padres una mano delante y otra detrás y el campo pa correr, y que ha conseguido darnos un nivel de vida incluso superior a la mayor parte de la gente que conozco. Mi madre dejó de ser maestra cuando yo vine al mundo, y más tarde ha trabajado con él y para él, llegando a saber casi tanto y desenvolviéndose en el despacho como pez en el agua. Yo tengo el recuerdo de pequeña, dormida, del teclear de la máquina de escribir de mi padre al otro lado de la puerta cerrada de mi dormitorio un martes cualquiera a las dos de la mañana. Tiene la medalla al mérito coleguial. Yo soy la niña de sus ojos. Yo no conozco mejor padre de familia. No puedo entender mi vida sin él.

Los padres son invencibles. Eso crees, cuando eres niña y tu padre es un titán de sabiduría. Cuando lo sabes admirado y querido por todos, y temido llegado el caso. Hombre de principios irrenunciables, escaso de caprichos terrenales, lúcido de mente y afilado de análisis. Culto, divertido y de carácter. Esa clase de persona que siempre sabe lo que hay que hacer, aunque te joda. Que si no tiene la razón, descuida, ya la tendrá. He tenido múltiples ocasiones de comprobarlo.

Y ahora ha muerto alguien. Son las cuatro de la madrugada. Hace un par de horas ha sonado el teléfono, a esa hora en la que una sabe que no es Vodafone, y que descuelga agarrándose el alma, a la espera de recibir alguna noticia que no se desea. “Nos acaban de llamar, Elena. A las siete estoy en quirófano“.

Ya he preparado mi pequeño neceser. Y me he puesto la pintura de guerra en la cara, dispuesta a que los días que vengan me encuentren poderosa. Y si no lo estás, te jodes. Ni síntoma de lo contrario. Al enemigo, ni agua. No, los padres no son invencibles. Llega un momento en que te das cuenta, y tu hermano y tú de repente tomáis las riendas de las situaciones. Pasar de ser cuidada a cuidar. A ser soporte y refugio. Sé que no iba a dormir, así que para qué acostarse. A las cinco y media de la madrugada de un viernes a un sábado me cruzaré conduciendo con gente que vuelva de fiesta. Yo voy camino de mi propio ojo del huracán.

Sanidad Pública. He hecho averiguaciones de lo que costaría todo el berenjenal, cuál sería el precio de la vida de mi padre. Obviamente, quitando el órgano. Y es brutal. En EEUU hipotecas hasta la vida de tus bisnietos. He podido saber el nivel excepcional que rodea en España todo el asunto de la donación y trasplante de órganos, y lo ferozmente controlado, regulado y vigilado que está el asunto. Somos la envidia de Europa, los estúpidos españoles.

No sabré nada de quien ha muerto. Durante este tiempo muchas veces he reflexionado al respecto. No es algo que se dice tal cual, pero “realmente” estás esperando a que alguien muera, no deseando, sino esperando, como con esa concepción de la fatalidad de la vida que tienen los muy viejos del lugar. Alguien estará llorando, supongo, mientras yo apuro un cigarrillo y miro de reojo el reloj. Todo va a salir bien, por mis benditos ovarios. Ojalá fuera dentro de una semana y supiera todo. Jugaría con ventaja para manejar la situación. Supongo que por eso estoy escribiendo esto.

Seas quien seas quien has muerto. Gracias.

El Tercer Apellido

House

 

Siempre hay una razón diaria para un Martini. En ocasiones, porque no entiendes este mundo de locos, donde la mayor aspiración se está convirtiendo en subir frenéticamente fotos de la vida diaria a las redes sociales, como si estas fueran el filtro que reste a los ojos el dislike a todo lo demás que conlleva respirar. El Yo supremo. Los mundos paralelos. O los cartelitos, los cartelitos motivadores deberían incluirse en el Código Penal como atenuante de delito. Razones hay tantas como concejales de Cultura que necesitan escribir en Google una palabra antes de decidirse por la B o la V. O gente que se folla por Skype. El panorama en general no es alentador, tanto, que sospecho que la estupidez florece porque el abono diario viene disfrazado por la posibilidad de escondernos tras avatares, facturas de la luz que te hacen dudar de que sobrepases el mínimo de coeficiente intelectual y gente que pide muffings para desayunar. Qué bofetada tan grandísima vamos camino de ganarnos en la tómbola del mundo, como diría Marisol.

El martes pasado fui a la revisión anual del lado femenino de mi vida. Todo ok, como una rosa. Una visita al ginecólogo no machaca mucho más tu intimidad como persona que una entrevista de trabajo cualquiera. Te pones en manos ajenas y dejas hacer, como un corderito obediente. Y sonríe, siempre sonríe. Las situaciones incómodas donde hay que fingir naturalidad lo requieren. El entrevistador también está harto de su mujer, su hipoteca y de que caminar sobre el lado salvaje de la vida que su póster de Lou Reed con que decoraba la habitación a los diecisiete años se haya convertido en olvidar volver a casa sin pienso para el gato. Así que relajémonos todos. Tengo asignado un orientador laboral por el Estado, uno de esos servicios por los que las Autonomías se descargan la culpabilidad por los parados. Paso de los 35 pero me han puesto un tutor. Un buen tipo. Cualquier día se suicida con la esquizofrenia de leer libros de coaching durante el día y a Bukowski por las noches.

Con todo, aparte de por mi pelazo, tengo que dar gracias por haberla encontrado; a mi ginecóloga. Es un regalo en un mundo loco por los concursos de niños cantores. Llevo con ella más de diez años, y jamás le he visto el pelo dos veces con el mismo color o el mismo corte, sus peinados harían de Dalí un vendedor de biblias. Si te la cruzaras por la calle, pensarías que se acaba de escapar de una portada del Rolling Stone. Es una destroyer; el martes pasado iba con unos vaqueros tan agujereados como una vuelta a casa desde Vietnam, unas botas que envidiarían los Geos, una camiseta con el ombligo al aire y media cabeza rapada. El color de la otra mitad dudo si se tendrá nombre asignado en el Pantone. Te quita las tonterías y las cursilerías a hostias; como debe ser. Magnífica profesional. Bendita sea. Puse en sus manos a mi madre para una operación, que no revestía excesiva gravedad, pero se puede jugar con todo en esta vida menos con una madre. No creo que haga falta decir más.

Trabaja en la Sanidad privada, es su único fallo y lo que a mí me hace maldecir a boca llena, pero yo la seguiría hasta el infierno, nunca mejor dicho. Ella es la única razón. Terminada mi revisión, me despido de ella y voy hacia el mostrador para pedir cita, aún no tengo edad para mamografías pero me hago una ecografía de mama anual. No sé para qué digo esto, pero aprovecho para recordar a todo el que lo lea que lleven a rastras a las mujeres que amen. Las cifras son escalofriantes, cada vez más jóvenes, y si puedo no me pondré a tiro. Dicho esto, relato una tontería que me pasó el otro día pero que no se me olvida. Es una tontería de colegio, pero incluso ya lo he utilizado como concepto en sí mismo, el ‘Tercer Apellido‘ como sinónimo de kafkiano o surrealista, donde la Lógica es una vieja rockera que ya toma sopa frente a la tele en un geriátrico.

–  Buenos días, quería cita para [eso], soy paciente de la doctora [Tal], las pruebas se la remiten a ella directamente para que las vea.

– (Sin despegar la vista de la pantalla) Dígame su nombre.

– Tal.

(Silencio)

–  ¿Es paciente nueva?

– No, llevo años con la doctora, haciéndome la prueba, en este hospital.

– Repítame su nombre.

– Tal.

–  ¿Usted no tiene 63 años, verdad?

(Por un segundo se me pasó por la mente preguntarle si creía que mis tetas tienen aspecto de eso con toda la flema del mundo… y de preguntarle si en su contrato se especifica que no puede mirar a los ojos a las personas con las que habla, eso también) – No, tengo 38.

– Dígame un tercer apellido.

–  (…) ¿PERDÓN?

– Un tercer apellido.

– Perdone, no le entiendo, no tengo tercer apellido, le he dicho mi nombre completo.

– No la encuentro. Encuentro una Tal, pero con 63 años.

–  (… segundos sin acción)  Debe haber una ficha a mi nombre, provengo de la sede anterior donde trabajaba la doctora, hace años, y llevo otros tantos aquí. Mi expediente se trasladó sin problema.

– Tengo que poner un tercer apellido para buscarla.

–  Disculpe, NO tengo tercer apellido, se lo acabo de decir… (criaturita, me faltó añadir…)

–  Es por su bien, para que no haya problemas de confusión con la otra paciente.

– ¡¿POR MI BIEN?! Perdone, eso ha tenido gracia…

Conseguí que levantara los ojos, sí, tenía sangre en las venas.

– Tienen el mismo nombre.

– ¿Y sabe usted cuánta gente en España tiene el mismo nombre? Mi nombre completo es el que figura en el DNI a cualquier efecto, como todos, como usted, y tengo DOS apellidos.

–   …

– A ver. El número del DNI se inventó por eso. Y apuesto que mi ficha lo recoge. Y supongo que quien haya diseñado la base de datos que manejan lo habrá tenido en cuenta.

– Sí… ¿No puede darme un tercer apellido?

– (…) Haga las búsquedas por DNI y no por nombre… (Veía reflejada la pantalla en un cristal que tenía detrás, manejaba SAP, lo utilicé durante años)

– Pero a mí me han dicho que busque siempre por nombres.

(Respira, Elena, inspira, respira…)

Veinte minutos después, visita de compañera incluida, conseguí mi cita. No era ni un niño ni un novato, por lo que pude apreciar en su conversación. Veinticinco minutos de mostrador para pedir cita. Cola detrás. Es un enorme hospital especializado en Ginecología, Ostetricia y Partos. En ningún momento elevé el tono. Disfruté de los aberrantes fotocuadros de bebés edulcorados entre flores que poblaban las paredes para distraer la ira y templar la lengua. No me quedé sin ella de milagro, de tan fuerte que me la mordí. Mis padres debieron educarme peor.

Recogí mi volante, di las gracias y me giré para escapar de allí, de ese escenario de ineptitud y aborregamiento, lamentando la cantidad de gente preparada, inteligente y resuelta que conozco pasando los lunes al sol, como la película.

–  Tampoco hubiera pasado nada porque me dijera un tercer apellido… cómo es la gente… (escuché que susurraba por lo bajo)

Me giré, lo miré durante unos segundos y él corrió a esconderse tras la pantalla. Cuando iba en el coche pensaba que, a sus ojos, yo era incluso un “cliente”, es Sanidad Privada; ni me lo quisiera imaginar trabajando en un organismo público cara a los ciudadanos de a pie.

Todos los días existe una razón para un Martini. Para no levantar la cabeza de la pantalla del móvil, hacerte la piel de rinoceronte y tocar el piano entre bombas. Para desconectar una vez traspasado el umbral de esa puerta, dedicarme a mis múltiples obligaciones de ser no pensante a tiempo total y no averiguar que cómo es posible que cada día que pasa me sienta más marciana entre iguales. Un mundo delirante que yo no comprendo, que me desayuno cada día en la prensa y observo cómo se desenvuelve en la calle.

Tengo que ver más concursos de televisión. Le pediré a mi ginecóloga que me lo recete, así de paso se lo cuento y seguro que se parte la caja conmigo. Me ha contado cosas que no imaginaríais, como en Blade Runner. Así lo pago de mi bolsillo, que me dolerá más y algo aprenderé. Como debieron hacer con muchos financieros en este país.

Eso sí. Llevo un par de días dándole vueltas a eso de tener un tercer apellido, “por mi bien”, que es lo importante, ojo. Como en Política. Que acabe en –ez, para que no destaque mucho. Somaez ME GUSTA. LIKE. Y si dicen que tiene todas las ventajas del Cristianismo y el alcohol, pero sin sus efectos secundarios (Wikipedia dixit), a ver quién se resiste.

Es perfecto. Decidido.

Motivaciones en tiempos de coaching

Banksy

El fin de semana pasado, en el cumpleaños de un íntimo amigo, conocí a una editora que trabaja para Canal Sur. Charlábamos bajo un maravilloso sol en la azotea, con un vino estupendo que por cierto recomiendo (Yllera5), disfrutando de risas, conversación y el olor de la primavera que ya llega. En un determinado momento, me comentaba que hacía dos días habían despedido a cinco compañeros suyos.

A pesar de que su empresa no pertenece a Canal Sur, es externa, su lugar de trabajo diario es la sede de la televisión pública; me contaba el rumor que existe por sus pasillos de un futurible y cercano ERE que tiene a la gente muy intranquila. Hoy día se da gracias solo por el mero hecho de trabajar.

Lo peor de toda la charla fue comprobar como ella misma y todos sus compañeros temen, por encima de todo, que cambie el partido en el poder en Andalucía… y el mantra en esos pasillos que todos invocan es que seguirán votando, pese lo que pese, al PSOE-A, ya que de ello (afirman con rotundidad) depende su puesto de trabajo.

Votan por contrato.

La RTVA tiene 1600 trabajadores en plantilla, más que Antena 3 y Tele 5 juntos, 7 direcciones generales y 10 direcciones territoriales, y un número indeterminado de empresas externas que trabajan para ella. ¿Cuántos empleados tiene en realidad?

Sumemos la propia estructura de la Administración Pública, Consejerías, Institutos, Consejos y demás, ya de por sí compleja y abundante, a una “administración paralela” que trabaja de facto sostenida con dinero público en innumerables Agencias, Fundaciones y Empresas Públicas como entes instrumentales, que contratan personal laboral no sujeto a las reglas del funcionariado y cuya cifra, nunca pública, está estimada en más de 30.000 trabajadores. ¿Cuánta gente en realidad vota en Andalucía por contrato? ¿A cuántas familias “temerosas” de un cambio sostiene lo público?

El Poder se alimenta de ello, tras 30 años edificando su estructura. Ha tenido tiempo, mucho tiempo… Javier Arenas, ese rey Midas en negativo, que convierte en mierda todo lo que toca, ha logrado imponer su candidatito de cartón piedra con sus habituales formas oscuras, mezquinas e interesadas (¿Qué te has creído, Cospedal? Aquí mando yo) para luchar por la presidencia de la Junta e intentar arrebatársela a Susana Díaz. Es tan ridículo que parece de chiste, y su gracia (nuevamente Arenas, gracias…) se traduce en tragedia para Andalucía.

Esta chica me cayó bien, muy bien. Pero no percibía matiz alguno de inmoralidad en todo lo que charlamos. Y no es ninguna niña, tiene 37 años. Pero en ese momento, en esa azotea soleada, divertida, ya medio moñas por la cantidad de botellas de las que hicimos buen uso, era la personificación de un sistema establecido, estructural, el cenit de una determinada cultura de lo Público interiorizado hasta los huesos. La pérdida del criterio personal, del individuo sujeto por una cadena invisible, y agradecido.

Para que hagan lo mismo otros nuevos que vengan, lo hago yo. ¿O voy a ser la más tonta?

Ese es el gran triunfo de todo. El Poder que convence a sus peones de que están haciendo lo correcto, que no se dejen llevar por cantos de conciencia y sean listos, que serán recompensados. ‘Sé listo, más listo que los demás, el mundo es de los listos y tú lo eres, los demás harán lo mismo, así que aprovecha tu oportunidad; has tenido la suerte de que se te ofrezca. No la desperdicies. No te avergüences. Estas actuando con lógica, madurez y responsabilidad. La motivación final es lo importa, y Tú eres lo más importante’.

El Poder es el mejor pedagogo inventado; convence al individuo de que lo que le ofrece es un privilegio. Es la revisión de la esclavitud maquillada de liderazgo, todo a cambio del pan. La perversidad del sistema te dotará por sí mismo de los argumentos correctos para sostener tu conciencia en caso de titubeo.

La cuestión es no poner nunca en duda la obediencia.

Teorías puede que útiles para Occidente (I)

02

Para hombres, mujeres y entes en construcción:

1.- Recuerde una máxima primordial para pasearse por la vida: rodéese de personas que conozcan de manera natural la regla de no usar reloj de pulsera vistiendo esmoquin. Es lo único que le ayudará a diferenciar.

2.- Las únicas personas imprescindibles, si ha tenido suerte en la vida, son sus padres. Ni hijos, ni parejas, ni hermanos, ni amigos. Aunque todos ellos sean fabulosos y no conciba respirar sin ellos, desde un punto de vista técnico, son reemplazables.

3.- Elija una bonita forma en la que morir. Luego reflexione el por qué de su elección y busque en la Wikipedia su trastorno. Existirá.

4.- Si va por primera vez a la casa del hombre que le gusta y ve que tiene colgado el cartel de cine de “La vida es bella”, huya. Sin más. Me lo agradecerá.

5.- Y si la primera vez que hacen el amor se desviste él solo sin darle ocasión a hacerlo usted, ya le avisé que huyera. Ahora no se queje.

6.- Nunca, nunca, compre un perfume de un actor, actriz o cantante. No, no sea iluso ni hortera. Si se compra una espuma de afeitar porque la anuncia un futbolista, créame, tiene un problema.

7.- Si alguien le regala un set de especias para el gin tonic, tiene permiso para matarlo. O mejor no; primero llévelo al Dickens, en San Sebastián, corra con todos los gastos, y allí mismo lo mata atravesándole el cuello con una cuchara de espiral. Tire su cuerpo más allá de la isla de Santa Clara. Será su única oportunidad de reencarnarse en algo mejor.

8.- Cállese algo que vaya a decir al menos una vez al día. Ejercite la práctica.

9.- No siento pena por usted porque no haya leído nunca a Borges, o a Benedetti, o a Dostoyevski. Me da pena porque solo ha follado en esta vida con hombres depilados. Le pilló esa edad y esa moda. Y se pierde uno de los mejores sonidos sobre la faz de la Tierra.

10.- Jamás, jamás, salga de casa con el pelo sucio. Si no ha tenido tiempo por cualquier causa, chóquese contra el lavabo y ábrase un brecha en la ceja. Eso le cubrirá como excusa ante cualquier obligación de salir así.

11.- Si nunca ha sido el/la mayor gilipollas del planeta por amor, espabile. Aún tiene tiempo.

12.- El Feminismo es la cosa más simple y que más ha sido complicada adrede. Ni la mitad de las propias mujeres lo pillan a veces. Comience a intentar observar cómo el mundo divide a los hombres por lo que hacen y a las mujeres por lo que son. Es un buen comienzo.

13.- Mire alguna vez en su vida una película porno de los 70. Le recomiendo “Detrás de la puerta verde“. Luego dese una vuelta por internet y saque sus propias conclusiones.

14.- No se fíe de quien no tenga libros en su casa. Usted lea. Sin parar.

15.- Piense que después de la Edad Moderna los gitanos fueron los primeros en colgarse collares al cuello. Luego vino Bisbal con los rosarios para terminar de echarlo todo a perder. Un hombre solo debe llevar al cuello dos entradas de ópera, y como caso extremo.

16.- Que por cierto, vaya a la ópera alguna vez en su vida. Alguna grandiosa, espectacular, vibrante! Que le deje tatuado el asiento durante días. Apreciará lo elástico que puede ser el tiempo en el reloj.

17.- Si es hombre, vaqueros oscuros y camisa de manga larga negra. No falla.

18.- Si es mujer y alguna vez le dicen que tiene una mente muy masculina, abra su cajón de la ropa interior y enséñele poco a poco su capital invertido en lencería sexy de firma carísima. Cuando esté a punto de reventar, háblele de las técnicas de conducción deportiva. Marque el 112 para que lo recojan.

19.- Para cualquier circunstancia de la vida diaria de su país que le sorprenda, baje las cejas. En algún texto del mundo clásico ya está escrito. Cualquiera.

20.- No trate de convencer a nadie que deje de fumar. Es un adicto. Punto. Respétele. Ya es mayorcito y tiene información de sobra por si solo.

21.- Gaste los putos ahorros de su vida viajando. Olvídese de iTontadas.

22.- Haga el amor durante horas delante de una chimenea o su vida no habrá valido la pena. En este caso, sí, lo lamento, es imprescindible el Amor.

23.- Anillos en el dedo índice, no. Nunca. Y recuerde que los anillos en el pulgar era una señal que empleaban las lesbianas en los años 60 y 70 para reconocerse entre ellas. Usted verá.

24.- Intente, alguna vez en su vida, quedarse absolutamente solo en la playa. A 100 km. a la redonda.

25.- El osito de Tous solo es aceptable si es menor de 18 años. A partir de entonces, recuerde que ya puede entrar en la cárcel. Eso debe decirle algo.

26.- Huya de los lugares atestados de turistas, de los restaurantes de turistas, de las camisetas de turistas y de las mongoladas que todo turista debe hacer en cada ciudad del mundo. Huya también de los propios turistas.

27.- Le contaré el verdadero secreto del Macho Alfa; es aquel que sabe, y disfruta, masturbando a una mujer, con todos su mil y un virtuosismos. No hacen falta penes de por medio, así que todo aquello del grosor o la longitud, ya sabe. No hay de qué.

28.- Pinte usted mismo las paredes de su casa.

29.- En las principales religiones de la Humanidad, los más elevados dirigentes llevan falda. Reflexione esto alguna vez.

30.- No entienda como fracaso una relación que se termina.

31.- Aléjese de los libros de autoayuda. Una persona que sea siempre feliz es un gilipollas. Vea buen cine, lea buena literatura y cocine su propia comida. No se crea más especial que nadie, en muy pocas cosas será original.

32.- Si alguna vez no sabe qué regalarle a una mujer, vaya a Cartier, Chanel o Dior, y agradezca a los dioses su existencia.

33.- Rodéese de personas que antepongan su bienestar general (el de usted) al suyo propio. Agradezca esa actitud haciéndolo usted primero. Verá qué fácil resulta la vida, y cómo lo transforma todo.

34.- Tenga presente que en los años 50 las misses en los concursos de belleza llevaban las axilas sin depilar.

35.- Lo que antes era in, ahora es cool. Y lo único que implica es el doble en el precio.

36.- Alguna vez le abandonarán. Alguna vez abandonará. Alguna vez le rechazarán. Alguna vez rechazará. Todo nos pasa a todos. Cortarse las venas y llorar escuchando a Pablo Alborán se permite una vez en la vida, nada más. Y solo para aprender. Ya le digo por adelantado que no lo hará, así que tampoco se corte las venas por ello y disfrute de lo cabroncete que puede llegar a ser el Amor. Cada vez.

37.- La calvicie en el hombre tendrá tanta importancia como el peso en la mujer. El aumento de la barriga masculina va en consonancia con el efecto de la gravedad en el pecho femenino. Vigile lo que le importe en demasía, porque es un juego de ida y vuelta.

38.- La mitad de las cosas que ha comprado los últimos tres meses no le hacen falta absolutamente para nada.

39.- Procure guardar la mejor de sus sonrisas, la más divertida de sus payasadas, y sus más sonoras carcajadas para su pareja. Esas tres cosas son las que soportan los vínculos una vez la pasión se atempera. No solo está para cuidarle en su gripe, consolar sus lágrimas o dividir la carga de la vida diaria.

40.- Usted también ha sido novato, en todas y cada una de las cosas de su vida. Así que, cálmese.

41.- Jamás deje que un hombre al que quiere se depile en demasía las cejas. En algún momento, debe pararlo.

42.- Ahorre y cómprese una buena chupa de cuero. No vaya por ahí con una especie de cosa plasticosa encima porque era asequible y da el pego porque no, no lo da. Si ahorra y sabe elegir bien, le enterrarán con ella.

43.- Hay gente que se reproduce y gente que no. Ya está. No pida explicaciones a uno u otro bando.

44.- A día de hoy se siguen “regalando” visitas a prostíbulos como fin de reuniones de empresa. Eso es así. Y mucho tiene que cambiar el mundo para que eso también cambie. Reflexione esto alguna vez.

45.- El hojaldre es una de las cumbres de la Humanidad; dulce o salado, caliente o frío, solo o acompañado. Humilde y todoterreno. Olvídese de aromas, deconstrucciones y espumas en los nombres de un menú. Solo significa que se quedará con hambre.

46.- Las mujeres son libres para elegir. Aunque quieran ser culturistas. Aún así.

47.- Siempre habrá alguien presumiendo de haber engañado a otro, desde haber robado toallas en un hotel a haber defraudado a Hacienda. Asúmalo. Son los tiempos que corren.

48.- Cúrrese un poco los apelativos cariñosos y llame a cada una de las parejas que tenga en su vida de un modo diferente. Por favor. Es ridículo.

49.- Lávese los dientes. Siempre.

50.- Intente un día de su vida pasarlo sin nada que requiera cargador, batería o enchufe. Y luego hablamos del tabaco y definimos el concepto de dependencia.

51.- El sabor de la boca de su pareja es maravilloso. Pero también debe conocer cómo saben los rincones de su piel, cómo huele su sudor y cómo saben sus fluidos sexuales. Esto es válido para ambos sexos. Recuerde que la ducha diaria, el desodorante y los preservativos de sabores son un invento reciente para el Hombre. En el fondo somos animales, no lo olvide. La cuestión es refinar el asunto sin perderlo de vista.

52.- Una palabra vale más que mil emoticonos. No cacaree.

53.- Todas las letras son femeninas, pero el alfabeto es masculino. El lenguaje constituye el pensamiento y crea el mundo. Reflexione esto alguna vez.

54.- Si no distingue entre un Dry Martini y un calimocho, fuera de aquí. Ahora.

55.- Báñese desnudo en el mar, escriba un libro, plante un árbol, admire un atardecer… sí, todos esos tópicos, bla, bla, bla… Coelho on fire. Recuerde más bien besar a su madre todas las veces que pueda y caminar de la mano de su pareja, aunque tenga 50 años. Eso le hará invencible.

56.- El maquillaje para una mujer es un arte y una aspiración a la Belleza. Es casi un regalo para los demás. No haga chistecitos con ello el día después.

57.- Siéntese al sol en una terraza y lea la prensa. De papel. Al menos una vez al mes, no es tanto. Recuerde que siempre alguien le observará, quién sabe si la persona de su vida.

58.- Si es hombre y a estas alturas sigue diferenciando a las mujeres dándose codazos con los amigotes sobre quién “la chupa” o no, recuerde que es usted el que está diferenciándose. Y no para bien. Su subconsciente sigue asociando el sexo oral con la humillación. Pero le encanta textualmente “comer coños”, qué curioso… Vaya a que le cataloguen de neandertal, algún día estudiarán su cráneo.

59.- Beba de los clásicos; desde Miles Davis a Bowie, desde Bach a los Smiths, y escuche a gente nueva que los respete. En la música se nota mucho de dónde vienes.

60.- Enamórese alguna vez de alguna casa. En alguna parte. Y sueñe con ella.

61.- Si colecciona algo que sean buenos relojes, plumas estilográficas o cámaras fotográficas antiguas. También valen botellitas de minibar de hotel. Lo de los posavasos, bufandas de fútbol, llaveros o gorras deportivas, ya pasó. En serio.

62.- No se case. Y si se casa, no lo celebre. Ya se arrepentirá y lo único que consigue es complicarlo todo. Los hijos ya no necesitan estar cubiertos bajo un contrato. Váyase con él/ella y organice su propia ceremonia a dos. A nadie más incumbe.

63.- No existe el día de la Mujer trabajadora. Existe el día de la mujer trabajadora dentro y fuera del hogar. Y nos siguen llamando El Sexo débil. Reflexione esto alguna vez. Y negocie la convivencia con planchas, lavadoras, lavaplatos, fregonas, aspiradores, en suma, reparta y comparta. No “ayude”. Cocinar los domingos no le convierte en chef.

64.- Nunca regale juguetes a hijos ajenos que hagan más ruido que un cortacésped. Tenga piedad. Tal vez falló la píldora.

65.- Si encuentra alguna categoría, acción o naturaleza humana no descrita por Cicerón, Séneca, Virgilio o Aristóteles, le espero en mi casa tumbada tan solo con zapatos de tacón y un martini en la mano. Avise.

66.- Lo que importa en esta vida es la actitud frente a ella; vaya por la vida como si fuera Ava Gadner o Michael Caine. Intente vivir con elegancia antes que con dinero.

67.- Logre ser siempre antes un caballero que un hombre. Aunque vista de albañil. Es posible, se lo aseguro.

68.- No tutee a nadie que no conozca. Punto. Ni aunque sea una dependienta del Bershka.

69.- Pierda horas de sueño por un libro, una película, por caminar durante la noche por la ciudad con alguien que acabe de conocer o por hacer el amor. Nunca por redactar una mierda de lista como esta. No me imite. Lo mío es pura adicción.

70.- Continuará. La vida siempre continúa.

Haz una maleta

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Mis relatos de viajes podrían remontarse hasta el Nasciturus latino y hoy jurídico, ya que por fortuna provengo de unos padres profundamente viajeros y se puede decir que ya estuve en lugares acogedoramente envuelta en la barriga embarazada de mi madre. Una vez sueltas las manos paternas, cuando una se cree suficientemente adulta para viajar ya por su cuenta en plena adolescencia, continúa por el mismo camino.

Sí, se puede decir que he viajado, a mi edad, dicho todo ello sin el menor signo de vanidad; cada uno es dueño de su dinero y de su tiempo, y de emplearlos como mejor estime. Yo cada vez que he tenido ahorrados dos duros, afortunadamente he podido ganar dinero pronto, he cogido la maleta y me he largado a cualquier parte, y las razones íntimas de los destinos elegidos casi darían para el relato más entretenido (y peregrino) de todos ellos.

He viajado con mi familia, en grupos grandes, en grupos reducidos de íntimos amigos, en pareja, por agencia, por mi cuenta… nunca sola, es curioso para alguien como yo, que tiende siempre a volar sola en algún momento de ese viaje y quitarme de enmedio un rato. Si me pongo a pensar, muchas de las mejores cosas que me ha ocurrido han sido en esos momentos; momentos que he obviado en ocasiones referir a mi círculo íntimo por aquello de que no sintieran el miedo a posteriori y no escuchar eso de “¿tú estas loca o qué…?”. Hay cosas que no se le cuentan a una madre o no estará tranquila la próxima vez.

He cogido sola un rickshaw en pleno laberinto abigarrado de la parte más vieja y deprimida de Jaipur mientras los demás andaban de compras; me cayó la mirada silenciosa de desaprobación del guía local. Me escapé sola ladera abajo, corriendo bajo una lluvia torrencial que me empapó como nunca, hasta la ropa interior, por uno de los volcanes de Isla de Pascua, sorteando cabezas de milenarios Moáis abandonados a su suerte en la tierra, imperfectos, inconclusos, mientras los demás corrían a ponerse a cubierto durante esas dos horas que para mí fueron inolvidables. He escuchado mi propia voz retumbando en el interior del tronco inmenso de uno de los árboles de Angkor Wat, con las palmas de mis manos apoyadas a cada lado, tocando apenas con la punta de los dedos por su envergadura, mientras sus raíces se extendían como lenguas de lava sobre la piedra de los viejos templos. Me he bañado todo lo que podía en la fuente natural donde los investigares de textos clásicos sitúan el nacimiento de Afrodita, en Chipre, y también me cayó seria conversación con los guardas. He sentido los ojos de un leopardo salvaje mirarme durante un tiempo indeterminable en pleno corazón del Kruger, y a una distancia, digamos, poco prudencial. He tocado el blanco mármol del Taj Mahal pero existe otro palacio, tan cerca que el Taj se ve desde sus terrazas, que se me ocurre de mayor belleza si cabe para la tumba de una princesa amada. Por otro lado, creo que San Sebastián es una de las ciudades más preciosas del mundo y Guipúzcoa una de las regiones más bellas, que Versalles es una broma al lado de La Granja de Aranjuez, que un maravilloso castillo medieval donde perderte un fin de semana de amor está en la meseta castellana y es más cercano que Escocia, que todos los días amanezco en una milenaria y hermosa Sevilla y que mi concepto de playa paradisíaca está más cerca de las desiertas de Cádiz, Huelva y Portugal que del Caribe.

Que una mujer joven puede llegar a tener problemas serios si se queda sola en algún momento en medio del Atlas marroquí porque existe una impunidad no escrita a alargar las manos hacia tus pechos o tu sexo. Que hay que llevarse siempre el doble de dinero, y la mitad de la ropa. Que debes leer antes al mejor filósofo, escritor o poeta que haya dado el lugar, y llevarlo encima. Que la mejor fotografía es la retina y la emoción. Que dioses hay en todas partes, y demonios también. Que me admira el intento desesperado por olvidar los Jemeres Rojos, las torturas militares de Pinochet o el Apartheid, cuando sus gritos aún los puedes oír retumbar a poco que observes. O también que se puede vender como souvenir el zippo con el que los soldados americanos que masacraban a tus abuelos en plena época hippie se encendían sus cigarrillos. Que debo tener una curiosa mezcla de sangre vasca y árabe, y me reconozco por los caminos fenicia, celta, griega y romana. Que he comido y bebido cosas que tal vez el sentido común cuestionaría. Que tengo más de una vacuna en mi cuerpo porque al ser occidental criada en la asepsia soy a priori un blanco fácil y deseable para la Naturaleza. Que puedo tener menos en común con un hermano europeo de lo que la UE propugna, y mis hermanas de sangre son las naciones que baña el Mediterráneo, algunas sin esa madre compartida. Que los niños quieren las mismas cosas en cualquier parte del mundo. Que Europa es una vieja dama, Asia una vieja puta y África una vieja esclava, y no sabría decir quién es más sabia de las tres. Que la Historia es infinita, fascinante y pendular, y la Naturaleza también. Que siempre hago el amor con mis parejas en las ciudades que visito, por lo que mis chinchetas en el mapa siempre serán de color rojo. Que la vista a lomos de un elefante no es menos vertiginosa que desde una avioneta. Que mi tendencia natural me lleva a los lugares vacíos antes que a los llenos, y que las dunas de un desierto son el mejor perfil de una mujer. Que mi tendencia también ha sido a ir postergando lugares porque entiendo que cuando se es joven y se cuenta con posibilidades, vete a recorrer Asia o métete 25 horas de vuelo en lugar de visitar Londres. Y Londres no la conozco. Son destinos fáciles para un puente tonto, “ya habrá tiempo“… Pero siguen ahí, pendientes.

Que soy una principiante, que aún no he visto nada y hay millares de paraísos por descubrir, quizás a menos de treinta kilómetros, quizás a miles. Que siempre pregunto dónde han estado los demás, quiero que me cuenten… Y que viajar, o hablar de viajes, simplemente es algo que no tendría fin. Así que, mejor lo dejamos aquí. Toca ahora, como bien sabemos, la etapa pendular de rememorar esos momentos y ahorrar lo poco que se pueda para seguir disfrutando cuando la Economía mundial deje de jodernos.

Gracias, SdeLV. Me ha hecho usted recordar el placer de escribir.

Erbarme dich, mein Gott

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Soy una absoluta ignorante de casi todo en esta vida. Por eso soy tan curiosa, soy el perfecto ejemplo de que el ser humano necesita dos ojos y dos orejas, en vez de una suerte amorfa de Polifemo Van Goghniano. Y si me dieran un tercero de cada, también lo usaría. Ahora empiezo a saber distinguir, poco a poco de momento, una mezzosoprano de una soprano lírica o de una de coloratura, un barítono de un tenor, a lo más que llegaba era a distinguir las óperas rusas de las francesas o las italianas. Hasta principios del mes de agosto no sabía que existía un instrumento llamado saxo soprano, que nada tiene que ver con el saxo (saxofón) alto o tenor que normalmente se utiliza en el blues, el jazz o la música más general. Oh, sorpresa!. Ocurrió cuando una sola persona, rodeada de otras tantas de al menos similar talento, atrapa de forma absoluta tu atención de principio a fin en la oscuridad de un teatro. Y preguntas. A quién sabe. Y te explica. Y ya estás perdida.

Erbarme dich. Apiádate de mí.  Siempre he disfrutado de la música clásica desde el más absoluto desconocimiento técnico, aunque no histórico. Con 16 años escuchas por primera vez la famosa aria de Orfeo y Eurídice, “J’ai perdu mon Eurydice” de Gluck, cantado por una Callas en su mejor momento, y dices “Un momento, ¿esto qué es?… De repente otro día aparece Pachelbel con una “cosa” que se llama “Canon en D Major, o Satie, Bach o Puccini. Ravel o Mozart. Y así empiezas, a ciegas, poco a poco. Como en el sexo, despacio e ignorante. Deslumbrada.

Y sigo siendo ignorante, acercándome con humildad, consciente de que no sé apenas nada de un mundo que es capaz de hacerme llorar sentada en el asiento de terciopelo rojo de un teatro.

Erbarme dich. Apiádate de mí. – Algo tan hermoso como revisar on line los cargos en el banco, las facturas, los gastos generales de mi existencia por ahora (las monedas a cambio de vivir)… en una tarde de la segunda semana de septiembre, es, literalmente, darte de bruces con la realidad, máxime cuando vienes de recorrer cientos de kilómetros bajo el sol en bikini y con las ventanillas bajadas, dejando el pelo volar a lo Isadora Duncan y recorriendo playas semi vírgenes a años luz del turismo enajenado… (en este caso lo que sonaba en CD era Cesaria Évora)… Lo que se conoce como una caída en picado. Una vuelta al cole en la peor de las pesadillas infantiles.

Así que nunca mejor dicho lo de Apiádate de mí, Dios mío. Que dadas las circunstancias y las perspectivas, parece el paso anterior a coger la maleta e irte a tomar por culo. Así que la “Pasión según San Mateo” de Bach llenó mi casa para amortiguar mi particular crucifixión, y de paso, poner algo de belleza en la espesura. La ley de la compensación de las fuerzas, que le digo. Una tira y otra levanta.

En estas estaba cuando, durante esa maravilla que es el Aria Nº 39 “Erbarme dich, mein Gott” (Apiádate de mí, Dios mío) de la Pasión puesta en bucle, sonó el timbre. Era un mensajero de que me traía un paquete.

Buenas tardes, ¿Señora Elena tal y tal? Traigo un envío de tal y cual.

De fondo sonaba, bastante bastante alto, tengo que reconocerlo, Bach. Revisando la documentación vi que venía equivocado, así que tendría que rechazar la entrega.

Pasa, adelante, y apuntamos todo clarito en el talón para que no haya historias raras, te parece?

Bach en todo su esplendor. Ambos en el salón, yo escribiendo con la cabeza baja y el mensajero de pie. Le tendí el taloncillo para que él rellenara la parte que le correspondía antes de firmar en la maquina esa que traen y durante unos segundos observé que miraba al vacío. No me cogía los papeles. Y se inició una curiosa, amigable y sorprendente conversación:

Qué bonito… ¿Eso qué es? Lo que suena.

Confieso que me sonreí. Por un momento vi pasar toda una mañana de carreras a lomo de una furgoneta de reparto atestada de envíos por entregar en medio de un tráfico de gente cabreada a vueltas de sus vacaciones.

Es Bach…   (su mirada era exacta a haber terminado de explicarle la física de partículas…)   Es música barroca, alemana, Johann Sebastian Bach, de principios del 1700. Se llama la Pasión según San Mateo.

Ahhhh… yo es que no entiendo de música clásica.

Ya, pero veo que te gusta.

Sí… no sé… de repente me ha relajado un montón. Está guapo…

(Me imaginé a Bach mesándose los rizos empolvados de su peluca sopesando qué carajo significará lo de guapo…)

Sí, es cierto, relaja. No sería mala música de fondo para la furgoneta de reparto, ahora que lo pienso.

Uffff… como me ponga esto no llego ni a media mañana… me pongo cosas más moviditas… y si el móvil me deja.

Entiendo, claro.

Ambos nos sonreímos. Creo que tendría algún año más que yo, pero no mucho más de cuarenta. Bach seguía de fondo.

¿Me podría apuntar en un papel cómo me ha dicho que se llama? Pa relajarme cuando tiro pa casa, sí que me vendría bien.

Las cosas que pasan. Me vi apuntando detalladamente el número y nombre del aria del “Erbarme dich, mein Gott” de la Pasión según San Mateo de Bach en una cuartilla, hablando sobre que se lo podría bajar sin problemas del eMule o Torrent o Youtube, de que cuando tuviera un rato lo metiera en Google y leyera algo sobre él, sobre Bach, del estrés del tráfico, el curro y de la manera de sobrellevarlo, o al menos, compensarlo para no llegar reventado a casa o relajarse una vez en ella. Al cabo de un rato:

Oye, que muchas gracias… de verdad que me ha encantado. Lo buscaré.

(De repente, me tutea)

De nada, de la música clásica se tiene la idea de que es cosa de vejestorios aburridos y ni mucho menos. Se puede disfrutar igualmente que de un disco de Mago de Oz, o de Bruce Springsteen, no son incompatibles. Que te guste, no significa que sólo te guste esa música. Prueba, ya verás. Si coincide que seas tú el que me traiga de nuevo el pedido correcto, pues ya me cuentas.

– No lo sé, si seré yo, pero te prometo que me lo bajaré, sí. Oye, muchas gracias.

(El concepto “bajarse” a Bach daría también para unas copas…)

Me asomé a la terraza. Al llegar a la furgoneta, miró el papel durante unos segundos, como si lo leyera de nuevo. Lo dobló y se lo metió en el bolsillo de la camisa. Lo vi alejarse cargado de paquetes y una promesa de conocimiento.

Quién sabe. A mí me han inoculado venenos de formas más inverosímiles.

 

Ahora que empiezo a saber algunas cosas, esta maravilla está cantada en este caso por un tal Damien Guillon, un contratenor, que es la voz masculina más alta, como las sopranos, y lo curioso es los contratenores surgen a raíz de que la Iglesia Católica prohibiera según sus habituales argumentos calenturientos a los Castrati. Los contratenores suelen tener por ello mucho protagonismo hoy en las óperas barrocas, ya libres de alteraciones hormonales. En fin, quién sabe.

La imagen superior corresponde a los maravillosos escenarios flotantes del Festival de Bregenz (Austria) sobre el lago Constanza, para todo tipo de eventos musicales, incluidas óperas. Se cambian cada dos años. En este caso, años 1999-2000, cuando se representó “Un ballo in maschera“, de Verdi. Sigo siendo una ignorante, pero creo que podría vender mi alma al diablo por asistir una vez en la vida.

Recomiendo ver y leer este LINK.

Saudade

saudade

El término portugués Saudade, acuñado en el siglo XVII, es un vocablo de imposible definición o traslación a otras lenguas, por más que se intente. Es un sentimiento, próximo a la melancolía pero no a la tristeza, que nace de la distancia física o temporal a algo amado y que con frecuencia se es consciente que nunca volverá. Mezcla de nostalgia y ausencia, de la emoción que añora. Es una sensación interior. Silenciosa. La mirada que sólo los viejos pueden tener.

Necesitar escribir sobre un árbol y no poder no debe ser bueno. No, al menos para mí, que me suelen fluir las palabras aún cuando no hay papel o teclado cerca.

Una vieja, maravillosa y decadente casa en ruinas, en medio del silencio detenido de Portugal en sus callejuelas empedradas, donde un viejo árbol en su jardín sigue dando sus frutos a pesar de que su cancela hace décadas que acogió por última vez una llave.

Levanté la cámara para fotografiarlo, y a los segundos la fui bajando lentamente. No disparé, me quedé quieta, allí mismo, mirando durante no puedo recordar cuánto tiempo. Me pareció una falta de respeto, casi una irreverencia. Me senté sobre un muro de piedra frente a ella y me dejé ir… Intenté escribir en mi libreta pero no fui capaz… He vuelto a verlo tres veces, cada vez con una luz distinta.

Algún día tendré dinero, cogeré el coche y me iré a hacer kilómetros hasta ella. Algún día la compraré, abriré esa desvencijada cancela oxidada y entraré en ella. Descubriré sus secretos que apenas me ha susurrado, y lavaré con sal ese viejo azulejo, la única fotografía que tomé. Y entonces escribiré la historia de esa casa, y de ese árbol. Mientras, por favor, que nadie la toque.

Algún día ese árbol será lo primero que vea a través de la ventana al despertar. Y una mano me acariciará lentamente la nuca diciéndome buenos días en un susurro apenas a centímetros.

Algún día.

La irrefrenable necesidad de escribir

Charles Bukowski

Muchas veces a lo largo de mi vida he reflexionado sobre el impulso de escribir. Hay personas que disparan fotografías, las hay que necesitan expresarse con la pintura, que esculpen con sus manos, que inventan recetas maravillosas o hacen películas inolvidables; que tocan el piano como si acariciaran un alma o son capaces de levantar desde el papel edificios portentosos.

El hecho trascendente de la Creación en el alma humana. Esa diferencia entre un hobbie y una necesidad, cuando ésta es imparable y no responde a parámetros de cordura, sensatez, medida, prudencia o discreción. Cuando no puedes hacer literalmente otra cosa que dejarlo salir, a borbotones, por más que no quieras, o no puedas, o no debas. Ese alma que lucha por salir como el vapor de una olla a presión desde algún lugar profundo más allá de tu esternón.

Algunas personas me han preguntado que por qué escribo. No lo sé. Simplemente respondo que lo necesito. Y tan sólo escribir, no necesito (nunca he necesitado, aunque pudiera parecer lo contrario), no necesito que me lea nadie. No se escribe para nadie, al menos yo. No busco aplausos, ni análisis, ni comentar los pormenores, llevo escribiendo desde que dejé el biberón y casi diría que el 80% de lo que alguna vez puse negro sobre blanco nadie lo leyó, y hasta hace muy poco tiempo muy contadas personas sabían que lo hacía. Tampoco sé por qué. No ha sido premeditado. Es como si formara parte de mi intimidad más desnuda.

Eso ocurre cuando tienes necesidad de sacar tus tripas de ti, hacia fuera, de leerte a ti misma y como en un espejo observarte reflejada. Necesitas sacarlo, pero a la vez protegerte, extender una coraza invisible como un manto sobre tu yo más vulnerable, más expuesto. Lo que decimos, nos dice; lo que escribimos, también.

A veces pienso que me gustaría ser, con los años, como Sam Savage. Cumplir 70 años, estar dedicada a restaurar muebles antiguos en los ratos libres, con una preciosa melena blanca como la nieve (como Carmen Martín Gaite) y, entonces, escribir una novela. Sólo una. Cuando ya has vivido casi la totalidad de tu vida y, entonces, eres capaz de escribir algo que realmente valga la pena, cuando tus ojos ya han visto, tus oídos escuchado, tus pies visitado, tu corazón amado, tu alma llorado, todo lo que de verdad merece la pena contar. Cuando llegas a estar en paz contigo mismo y miras con amor y desapego al mundo. Entonces, sólo entonces, debe ser maravilloso escribir una novela.

Existe un texto que refleja todo eso que yo, que no sé escribir, dispara con una nitidez que te atraviesa. Bukowski, cómo no. Lo tengo conservado en papel, ya amarillento por el tiempo, y guardado entre eso que se suele llamar “mis cosas”. Ahora, gracias a Josep Aguilella y a la maravilla que, entre tanta basura, ofrecen las redes sociales, he descubierto que unos publicistas inteligentes lo han utilizado para hacer un anuncio de un whiskey, con unos recursos visuales, una música y un narrador en off, que, literalmente, me ha erizado el vello, sintiendo una punzada en el alma. Porque no siempre escribir supone una alegría. No es un don para personas 100% optimistas, o al menos, felizmente ignorantes de la vida. Esa es la necesidad irrefrenable y brutal de escribir, y que no todo el mundo alcanza a entender. Si no sientes todo eso, cualquier otra cosa no es más que juntar palabras sobre lo que día fue un árbol. No hay otro camino. Si no, no lo hagas.

– ¿ASÍ QUE QUIERES SER ESCRITOR?, POR CHARLES BUKOWSKI –

“Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.”

 

Me ha hecho llorar. Me cago en la puta. Esta mañana me he visto como ese barbudo bajo la ducha, te sorprendes a ti misma cuando has dejado pasar los minutos pensando bajo el agua, acariciándote el pelo. El viejo, crudo y descarnado cabrón de Bukowski. Este vídeo debería advertir al principio, como las cajetillas de tabaco, que no debe visualizarse en determinados días.