Fotografía Premio Pulitzer de Fotoperiodismo 1.994

Ken Oosterbroek, el mejor amigo de Kevin Carter. Febrero 1.994

Ken Oosterbroek -atrás-, moribundo, es arrastrado mientras su buen amigo Joao Silva intenta congelarlo vivo con su cámara.

El Club del Bang Bang, fotoperiodistas sudafricanos blancos.

Un hombre blanco perfectamente alimentado observa cómo una niña africana se muere literalmente de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.

No se debería de haber desesperado. Una de las fotos fue publicada en la última edición del New York Times el 30 de marzo de 1993, y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter.

A los tres meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

La foto de Kevin Carter debería haber sembrado de silencio el mundo. Pasó todo lo contrario. Desató una tromba de chismorreos y palabrería que tras casi 15 años abrasa todavía foros de Internet e invade seminarios. Evangelizadores laicos, moralistas progres, bienpensantes reaccionarios, y hasta algún periodista de relumbrón reverdecen la teoría de que Carter se quitó la vida por el remordimiento de no haber salvado a la indefensa criatura de esa bestia.

Dos eternas preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña?

Kevin Carter nació en Suráfrica en 1.960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el Apartheid. Comenzó su carrera en 1.984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades, como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo, se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1.990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “El Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Daba mucho más miedo estar en 1.992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1.986 en los frentes de El Salvador o Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo. Sus impactantes y duras fotografías (él fue el primero en fotografiar una ejecución mediante el ‘collar’: un anillo de gasolina alrededor del cuello de una persona al que se prendía fuego) provocaron la indignación general y contribuyeron a la condena mundial del Apartheid.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1.993 se tomó unas vacaciones de Sudáfrica y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vió a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades. Cuando Carter y Silva llegaron al poblado de Ayod, en Sudán, entre infectos pantanales, a unos mil kilómetros del lugar civilizado más cercano, el poblado funcionaba como feed-center, un centro de alimentación de la ONU. Unas 15.000 personas exhaustas que huían de los combates, con grave desnutrición y enfermedades como la Malaria se concentraban allí. Silva y Carter, cada uno por su lado, hicieron fotos toda la mañana de aquel espanto. Cuando se reencontraron, Carter le describió la escena y se sentó a llorar: esperó 20 minutos a que el buitre entrase en plano, hizo la foto, espantó al bicho (o no, qué más da) y se marchó.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

Ken Oosterbroek, el líder del grupo, el más equilibrado, había sido dos veces Mejor Fotógrafo del Año. Y Greg Marinovich, el cuarto bang-bang, Premio Pulitzer en 1.991 por una secuencia en la que un miembro del partido Inkhata era linchado, primero a cuchilladas y luego abrasado a fuego. Ellos no hacían esa pregunta.

En abril de 1.994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Sudáfrica. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

Carter acudió a toda clase de foros para ofrecer su versión de lo sucedido, pero para entonces su vida era un completo desastre. Muchos años antes había intentado suicidarse, fumaba White Pipe, una mezcla de marihuana, mandrax y barbitúricos, tenía graves problemas familiares y una personalidad desordenada, perdía sus carretes de fotos en aviones y aeropuertos, arrastraba depresiones, llevaba una vida caótica y tenía acumuladas experiencias trágicas como para colapsar las consultas de varios psicoanalistas.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor…

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el Apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte. Se suicidó.

En fin, ¿qué otra cosa pudo haber hecho Carter por la niña? ¿Espantar al buitre? Al parecer, lo hizo, aunque los buitres (los hay a montones) habrían vuelto de todos modos. ¿Llevarla consigo? Bien, ¿adónde?, porque parece que nuestra conciencia acomplejada pretende imaginar que esa criatura yace en un páramo hacia ninguna parte. No es cierto. Esa criatura, reventada por el hambre y por las diarreas, que a los niños allí les desvencija el ano y les hace colgar una tripa larga pierna abajo, estaba a unos 20 metros de la puerta del poblado, junto a la empalizada de paja que rodeba el feed-center de la ONU y rodeada de gente que deambula a su alrededor. Nadie la ha llevado hasta allí. Simplemente, esa niña se ha sentado a defecar. Sí, maldita sea, es el estercolero de la tribu, donde todos los suyos, de generación en generación, acuden a realizar sus deposiciones. Y el buitre, esa bestia cobarde que parece tan atenta, no hace sino esperar a que la niña le regale su magra ración de carroña cotidiana.

No, Carter no se suicidó por un remordimiento de esa clase. Se limitó a recortar un trozo de paisaje para servírnoslo a domicilio. La expresividad fue su gran logro, pues la foto ejerce de metáfora certera de una realidad trágica y atroz de una guerra olvidada. No es ningún montaje: sucedió así y Carter sólo nos troceó y nos regaló el significante; el significado lo pusimos nosotros, espectadores occidentales, atormentados por nuestra sucia conciencia y acosados por los problemas de obesidad. Premiamos la foto por nuestra sucia conciencia. Pero no queremos ir más allá. Nos quedamos en la superficie. Preferimos un prefabricado, fácil, edulcorado, atroz, impactante, relato de una niña famélica desamparada a merced de un carroñero que pensar en algo más real. Porque será aún peor. Y lo sabemos. Carter no era otro carroñero ni el ejecutor de la niña, como se le ha llegado a decir, porque no la ayudó, ni antes ni después, porque se limitó a fotografiarla. No. Esparció la culpa al mundo, para que volviésemos los ojos por un segundo hacia Sudán. Carter no hizo nada por salvarla, pero es que eso ya (a unos más que a otros, desde luego) nos correspondería a todos. No a él.

El dióxido de carbono de su vieja furgoneta puso el resto, pero no sabemos hasta cuándo los opinadores y moralistas seguirán haciéndole pagar a Carter que nos diese ese aldabonazo en la conciencia. Han hecho un documental sobre la historia de este atormentado fotógrafo, que fue incluso nominado al Oscar 2006 en esa categoría.

Pero estoy muy cansada de escuchar tantas palabrerías sobre esta foto. De verla en miles de blogs. De leer miles de opiniones sobre ella y lo que el fotógrafo hizo. Yo estuve en Sudáfrica hace años, y me entretuve leyendo durante meses sobre este país, por eso algo sé de todo ésto que ando contando. Buscaba con los ojos, para variar, sin preguntar demasiado. Y me dí cuenta del inhumano esfuerzo que todo el mundo hacía por borrar, por olvidar. Era algo que se palpaba en el ambiente. Y no se lo reprocho. Como el que encala la fachada de su casa, pero no sabe qué hacer con las paredes su habitación.

A mí me interesa mucho más Kevin Carter que la propia foto. Muchísimo más. De la misma forma que captan mi atención de forma absoluta Maruja Torres hablando de sí misma en la guerra de Beirut, hablando de esa ciudad como su “amante“, o Pérez Reverte, cuando hablan de sus años de reporteros de guerra. De lo que han visto sus ojos. De todo lo que saben sobre nosotros. Son supervivientes, y no porque no los hayan matado. Como decía otra maravillosa fotógrafa, Diane Arbus; “Las personas suelen obsesionarse con que les pase algo traumático. Ellos ya han pasado por algo traumático. Son aristócratas”.

Fuentes:

– Artículo de John Carlin “La fotografía de la pesadilla“, publicado en El País.

– Artículo de los fotógrafos españoles José M. Arenzana y Luis Davilla publicada en El Mundo.

– Miles de referencias leídas en miles de foros de Internet durante años.

– Goya; uno de los grabados de “Los Desastres de la Guerra“, serie de 82 estampas de las atrocidades de las que fue testigo (1.810 – 1.820).

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