Se acabó.

Hoy terminan más de 7 años de trabajo. Hoy la despedida, la comida todos juntos, las copas, los abrazos, las lágrimas, las risas, las fotos, las miradas de cariño, los besos; hoy la complicidad, el entendimiento sin palabras, las anécdotas, las historias, las carcajadas, los lugares compartidos, la hermandad; hoy los defectos y virtudes conocidos, asumidos, los caracteres de cada cual, la forma de cada persona de expresarse; hoy las tristes sonrisas, sin nada que decir, y unas manos acariciando mi cara; hoy se nos ha roto algo. Algo importante.

Nada será igual. Nada puede suplir la convivencia diaria con tus compañeros, desde tan tempranito que podías apreciar todavía en alguno las marcas de la almohada en su cara, y no dejabas de verlos hasta la tarde. Comer juntos a diario. Abrir los tapers y preguntar si alguien quería probar aquello que se te ocurrió hacer anoche. Las cosas que nos pasaban a cada uno, los chistes, los pasitos en la vida, comentar de Política o de la Pantoja, hablar de Lopera o de Ipod´s, de si éste “me compro un coche”, aquél de ” y si le pido matrimonio?”, de “si mi embarazo saldrá bien”, de si tú veraneas en Huelva, tú en Málaga y a mí me gusta Cádiz.

De cuánto he aprendido. De los mayores. De los jóvenes. De las parejas ajenas. De la amistad. De observar qué diferentes somos, y qué especiales cada uno. De currar muy duro a diario, comerte marrones y trabajar a veces en contra de los elementos, de dar el callo por partida doble, de carreras, de equivocaciones, de responsabilidades, de afrontar el día a día cuando tienes que dar respuestas sea como sea. De malabarismos. De saber ciegamente con quien cuentas sin abrir la boca. De esa mano inesperada que te llega por el hombro y te dice “Viva tú”.

Del respeto ganado. De saber que me han “visto”. De la algarabía cuando entraba por la puerta con un escotito algo mayor. De la risa sana. De reírse siempre contigo.

De poner verde y despellejar a los que no se merecían lo que tenían. De despreciar a los que no tendrían jamás dinero para pagar lo que tenían. De los acojonaos, los lameculos, los pa ná.

De las mujeres en mundo de hombres. De yo y ella, ella y yo, y una legión de especímenes masculinos bien variados. De lo diferentes que somos ella y yo, y que siempre seremos. Del largo camino que hemos recorrido juntas, despacio, reconociéndonos, tentándonos, confiándonos. De la Rubia y la Morena tirando palante, currantas natas. De lo pequeños que hemos visto a algunos hombres a nuestro lado. De nuestra forma de hacer las cosas en condiciones. De tantas cosas demostradas. De irnos muy valoradas.

De tanta gente maravillosa. De esa mi “otra” familia. De saber cuánto cariño, preocupación por mi futuro, palabras que no saben cómo salir de los labios, abrazos que tienen miedo de ser excesivos, me llevo.

¡Cuánta vida había!

Hoy mi mesa ya no existe. Después de una semana de mudanzas, ya no queda nada. La Globalización, lo llaman. La Centralización. Las multinacionales que te pagan muy bien por decirte que ya no le eres necesario, que gracias por todo, por levantar y mantener el negocio, pero que al que le pagan por pensar ha pensado lo que se ahorra. Cierran una Delegación entera, con 75 años a sus espaldas. Y sí; una indemnización de la que no puedo quejarme. Y el Paro que viene.

Por mis cosas metidas en cajas, y más cajas, por mis recuerdos y las cosas que me llevo, por tantos papeles acumulados durante años que he ido tirando, por mi maceta, el primer y sencillo regalo que me hicieron cuando llegué y no era más que una niña asustada que viene a trabajar un mes, y al finalizarlo recibe un macetero de pared de hierro forjado con una pequeña planta de apenas dos hojitas que querían brotar con fuerza. Y contemplar hoy día que esa maceta mide casi dos metros de largo, y ha resguardado mi cabeza todos los días uno tras otro, como un manto sobre mi mesa, desde una esquina serpenteando por la ventana sobre mis ojos. Esa vendrá conmigo donde vaya. Significa demasiado para mí.

Hoy ha sido un día duro, feliz, sentido, divertido, lagrimoso, petardo, de mucho amor sincero, a ratos sabíamos por qué estábamos tanta gente en un restaurante como a ratos no eramos más que colegas con los cubatas en la mano. De revisar que se tienen bien los correos electrónicos, los teléfonos, direcciones…

Siempre será especial, por más años que pasen, siempre siempre, tendrá la lucecita encendida en la puerta de mi corazón. Nunca podré dar gracias suficientes por haberlos conocido, a todos ellos. Una empresa son sus personas. He crecido como mujer, como compañera, como trabajadora en él. Ahí me he formado. Y por lo que he ido comprobando, con mi propia sorpresa, no ha ido nada mal.

Quien sabe lo que vendrá… Cuánto tardaré en tener nuevos compañeros, nueva mesa, o lo que sea. Si me valoraran en lo que valgo. Si el sueldo será ni comparable. Si me sentiré sola. De si yo misma me adaptaré. Sea lo que sea, jamás borrará lo que me llevo.

Eso sí que no cabría ni en el camión de mudanzas.

Anuncios