Hace ya algunos años, en la facultad, cuando aún creía en muchas cosas, mi admirado profesor de bigote chapliniano y flequillo adolescente decidió pedir una excedencia. Irse a Madrid, un par de años. Abandonar. Y respirar.

Ese justo momento, ese hecho exacto e individual de otra persona, inició un cambio en mí que sólo con el tiempo voy siendo capaz de calibrar.

Sólo ahora puedo empezar a ponerle un nombre: pérdida de la inocencia.

Mientras él resistiera era sólo cuestión de asumir nuestra escasez. El que éramos pocos los congregados (apenas quince…) que necesitábamos algo más, hambrientos de lucidez, de reflexión, de enseñanzas imposibles de escuchar en otro lugar, del descubrimiento del ser humano ante nuestros ojos. De aprender de unas cuantas docenas de hombres y mujeres que en el siglo XX que supieron ver lo que en realidad somos y trataron de vomitarlo como en una especie de aquelarre intelectual del que la Historia se ha cuidado de resumir en una serie de escuetas referencias culturales.

Asignatura de “Arte Contemporáneo“, Licenciatura en Historia del Arte, Facultad de Geografía e Historia.

Aún hoy me deja quieta recordar cuán abiertos estaban mis ojos y mis oídos. Yo entraba en sus clases presta a ser una esponja que pudiera absorber hasta el aire que se cruzaba por delante del proyector de diapositivas y delataba el polvo suspendido en aquella facultad de siglos. Quería ser yo misma una pura grabadora de sonidos, y salía andando ya caída la noche sintiendo que asistía a una ceremonia íntima y desconocida de iniciación, sin saber aún de qué, pero presintiendo que nunca volvería a mirar igual. Una pura explosión de sensaciones, de ideas, de ansiedades, de necesidades de ver y saber y conocer, que nunca antes experimenté, y nadie nunca superó.

Él dejó la facultad al cabo de dos cursos lectivos. Yo lo hice meses después que él.

No terminé mi carrera, a falta de un metro de la meta, como quien dice. Razones argumentables las tenía bien dispuestas; escasas salidas profesionales, una carrera sin futuro, uff las Humanidades, deseo de empezar a trabajar, etc, etc….. Sobre todo fue ese el detonante, me contrataron por primera vez en mi vida, en algo que nada tenía que ver. Sería otra señal del destino.

Pero la única razón de abandonarla fue él. Realmente fue así.

Pudiera parecer a vista de los años transcurridos una especie de excusa teatral, pretenciosa e inmadura…. ¿sólo entonces era posible un comportamiento así? Ahora es impensable en un adulto. Hay que mirar por uno mismo, buscar lo más ventajoso, calibrar las prioridades, “estar” en el mundo real….

La verdad es que no pude con la sensación de saber que no había nada más allí que pudiera interesarme; que nada de lo que encontraría calmaría apenas momentáneamente mi hambre.

Que lo importante, lo que valía la pena, ya lo había vivido.

Creo que es la única cosa en mi vida que de verdad puedo decir que he hecho por conciencia. Nada más. Por honradez y coherencia personal.

El precio: la pérdida de mi inocencia.

Los chinos, que de estas cosas saben mucho, identifican con el mismo carácter ortográfico o ideograma en su alfabeto el concepto de Crisis y el de Oportunidad.

Para ellos, ambos son la misma cosa.

Se sucedieron además todo tipo de cambios laborales, físicos, emocionales, materiales… te das cuenta de lo que en realidad significan ambas cosas.

Te entregas como en un sacrificio.

Sólo el día en que Picasso dejó de abusar de la comida, del amor, del tabaco, del sexo, de lo hedonista de la vida, sólo ese día murió, con más de noventa años.

Creo de eso de curarse en salud tampoco va conmigo.

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