“El miedo es uno de los árboles más fuertes.
Sus raíces corren por debajo de mis pies
con la velocidad incalculable de las cosas invisibles.

Dibuja círculos a mi alrededor.
Me espera con algo que se parece a una sonrisa
o a un tajo en un tomate.
El miedo es un vendedor puerta a puerta.
El miedo es un abrelatas teledirigido.
El miedo es una carpa sobre un circo vacío.
El miedo pequeño no es menos miedo que el miedo grande.

No existe el miedo a lo desconocido.
No hay más miedo que el miedo a las limitaciones
y mis limitaciones son los primeros inquilinos de mi casa.
El miedo nunca dice nada, el muy cabrón,
nunca alza la voz, no tiene prisa, no se encoge,
a veces sale a dar una vuelta pero nunca se va muy lejos.

El miedo siempre sabe por dónde andas.
No se agobia.
Tiene preparada la huella antes de que des el paso.
El miedo reparte pistolas descargadas.
He aprendido algunas cosas este año y algunas más el año pasado
pero sé que básicamente el miedo sigue siendo el mismo.
El miedo es la parte de mi cuerpo que más crece con los años.
El miedo es un tonto con un martillo.
El miedo se cree que lo sabe todo pero en realidad
el miedo y yo manejamos los mismos datos:
la larga lista de todas las cosas de las que nunca seré capaz.”

Ray Lóriga, escritor, guionista y director de cine español.

Este poema fue un bálsamo para mi alma hace ya bastante tiempo, cuando la negrura se instaló a vivir bajo mi cama durante una temporada.

Desde entonces, nunca le he perdido demasiado la pista, consciente de que en cualquier momento podría volver a hacerme falta. Y ahora alargo la mano de nuevo al comprobar que el miedo se filtra por las rendijas intentando hacerse líquido y colarse por ellas, aunque al cabo de este tiempo hay una diferencia esencial; hace muchos años, en una película que forma parte del equipaje emocional de mi vida decía la protagonista: “Las personas heridas son peligrosas; saben que pueden sobrevivir”.

Era “Damage” (“Herida”), de Louis Malle.

Algo así ocurre ahora. La experiencia no sirve una mierda ni para uno mismo y menos aún para algún otro, sólo te sirve para saber al menos de qué estamos tratando, cuál es el juego o el baile al que estamos invitados.

Así que sólo se trata de tener gráciles los pies y bailar de puntillas por entre las bombas lapa, sin mirar al suelo, con la mejor de las sonrisas y un “estoy bien” siempre a punto, convenciéndote de que la pistola que te señala con su ojo negro está descargada. No pasará nada. Es sólo un baile.

Pronto cesará la música y simplemente dejaremos de bailar.

Y ese cabrón se irá y ya volverá de visita, no cabe duda.

Pero cada día sabremos bailar mejor, y aprenderemos todos los trucos, como hacía Fred Astaire, que juntaba los dedos índice y anular de sus manos por encima del dedo corazón, con la palma estirada, para hacerlas más pequeñas a la vista de la cámara de cine, y bailar, bailar, sin que nadie pudiera pensar que tenía tal complejo de manos enormes que las escondía.

Hay mucha gente a mi alrededor, que veo, que observo, que tienen miedo. Pero no hay nada que decir. Tan sólo que lo único que lo engorda cada día es no saber reconocerlo, pero eso nadie puede aprenderlo.

Así que, simplemente, me pondré guapa para el baile.

¿Y qué es lo mejor?

Que me apetece muchísimo echarme a bailar!

Tal vez me rompa el vestido, se parta un tacón, pero la promesa de vivir al otro lado un baile maravilloso rebosante de luz pesa ahora tanto como el brutal impulso kamikaze de la Armada Imperial Japonesa durante la II Guerra Mundial. No hay quien lo pare.

Qué gran verdad esa de que no existe miedo sino a lo desconocido!

Imágen:

– Escultura gigantesca titulada “Mamam” (1.999) de la escultora francesa Louise Bourgeois, en la explanada de acceso al Museo Guggenheim (Bilbao)

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