Reflejo

Se acerca de nuevo el Fin de año, otro más…. Me apetece un recuento rápido, hasta ahora.

Creo en las mangas de camisa desabrochadas de KD Lang. Creo en los egipcios, que hicieron un dios de los gatos. Creo en el turrón de chocolate Suchard, y las palomitas en el cine. Creo en el karma universal. Creo en el libro en papel, con pastas duras, por favor. Creo en el duque Pier Francesco Orsini. Creo en los músicos drogados. Creo en notar que me besan sin estar aún despierta. Creo en Clara Campoamor. Creo en Mafalda, y en Garfield. Creo en los filetes de pollo empanados de mi madre. Creo en San Sebastián (Guipúzcoa). Creo en el Martini Rosso. Y el Campari. Creo en la conversación de la sobremesa sin recoger la mesa. Creo en las jodidas fases de la Luna. Creo en el bandoneón de Piazzolla. Creo en los pijamas que se caen de viejos. Creo en ese timbre de voz que me desarma. Creo en Billy Wilder, como Trueba. Creo en ese primer cigarrillo que te enciendes tras escuchar que te abandonan. Creo en Meryl Streep. Creo en esos 19 días y 500 noches. Creo en las tripas que hablan por la boca. Creo en los transgénero. Creo en los hombros de las mujeres. Creo en el conde László Almásy, y el imperio austroúngaro de Berlanga. Creo en algunos ojos que he descubierto mirándome. Creo en Terenci, y en Pilar Miró. Creo en la fotografía en B/N. Creo en Djuna Barnes, y en Jean Rhys. Creo en las auroras boreales. Creo en el muñidor de La Mortaja, y el Nueva York de Woody Allen. Creo en las películas argentinas. Creo en el almizcle, la vainilla y la canela. Creo en Maruja Torres y Carmen Rigalt. Creo en el misterio del sexo. Creo en la tarta Sacher. Creo en Louise Bourgeois. Creo en la cortesía por principio, y en las comedias otoñales. Creo en Jaipur, en Marrakech, en Tarifa y en Lisboa. Creo en el Nessun Dorma de Pavarotti. Creo en los envoltorios de regalos que iluminan una mirada. Creo que ningún hombre ha cantado mejor que Carlos Cano. Creo en la alta joyería de Cartier, y en los perros verdes, aunque luchen por no serlo. Creo en la dignidad de los suicidas. Creo en cómo dejas caer la chaqueta por tus hombros. Creo en Dante, de “Martín Hache“. Creo en mi familia, y que soy producto de ella, a dios gracias. Creo en el lento recorrido de unos dedos que bajan hacia el vientre, y luego hacen estallar. Creo en “La Caja China“. Creo en el momento que Antonio Banderas cierra la puerta de la habitación del hospital. Creo en el Canon de Pachelbel y el Adagio de Albinoni. Creo en la burbuja que crea el amor, y que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Creo en las carpas japonesas. Creo en el Llanero Solitario, mi profesor de facultad. Creo en el hojaldre, dulce o salado. Incluso sólo. Creo en Mayte Martín. Creo en los arquitectos visionarios, y que no se sale vivo de ésta. Creo en los que guardan secretos, y en quienes los respetan. Creo en los escritores que se quedan ciegos. Creo en el Movierecord antes de la película. Creo en los versos de Benedetti, de Gil de Biedma, de Benitez Reyes y de Salinas. Creo en el canibalismo en el amor. Creo que “He conocido a alguien” son las palabras más bonitas del mundo. Creo en el Doctor Gregory House, por eso creo que todo el mundo miente. Creo en el humo azul de un cigarrillo. Creo que no sé curarme en salud, ni dejar de ponerme a tiro. Creo en Gallipoli. Creo en los papelones de pescao frito. Creo en cómo aman unas yemas de dedos que acarician. Creo en YouTube, y en Tumblr. Creo en César Galicia. Creo en la Teoría Queer. Creo en el color magenta. Creo en Beatriz Preciado, y en que yo debí llamarme así, Beatriz. Creo en aquella tarjeta llave del hotel de Isla de Pascua. Creo en los mediodías del día de Año Nuevo, aún vestida de fiesta y comiendo restos de la cena de Año Viejo. Creo en cómo suena mi nombre, bajito, en mi oído. Creo en los álbumes de fotos. Creo en los supervivientes, y los perfeccionistas, y que los que nunca mienten son los más mentirosos en el fondo. Creo que el deporte es una guerra sin armas. Creo en la música que te abre el pecho en dos. Creo en los lugares abandonados, y en la cosmética asiática. Creo en el desamor que aún escuece. Creo en esos barman en vías de extinción que todavía sirven el bitter con una rodaja de naranja; siempre aplaudo. Creo en el Bubión que yo conocí, y que no encontré cuando volví. Creo que no hay nada mejor que cerrar por dentro la puerta de tu casa y dejar el mundo fuera. Creo en las perezosas siestas de domingo, si es después del sexo, mejor. Creo en los chistes privados que sólo entienden los amigos del alma. Creo en la dulzura, en todos los sentidos. Creo en los perfumes de Chanel. Creo que si el cartero llama dos veces, huye. Creo en el sentido del humor como ley de vida.

No creo en los que no dan las gracias.  No creo en los hombres depilados. No creo en el reggeton. No creo en los que no cuidan su ortografía. No creo en el gazpacho de sandía. No creo en la falta de cortesía con los que te sirven. No creo en el Facebook. No creo en los avariciosos de sonrisas. No creo en los After Eight. No creo en los pechos grandes. No creo en Steve Jobs aún caliente como nuevo mesías. No creo en el pan de molde. No creo en las conversaciones de más de cinco personas. No creo en Zara Home, ni en Desigual. No creo en los que se creen que mientras más griten, más sentimiento al cantar. No creo en Lady Gaga, y sí en P¡nk. No creo en los McDonald´s, ni en quienes no se lavan los dientes. No creo en las cuentas bancarias en las invitaciones de bodas. No creo que mi forma de ser pueda ya cambiar, ni a mejor ni a peor. No creo en el sentimentalismo. No creo en la prolongación de la hombría en los coches. No creo en la ingratitud de los que formatean su disco duro emocional cada seis meses. No creo en los que hablan a un volumen más alto del necesario. No creo que esté segura de querer tener hijos, y esa es una razón con suficiente peso para no tenerlos. No creo en las velas que prometen olores deliciosos y mienten, eso me cabrea mucho, ya ves qué tontería. No creo en las mujeres que se abstienen del sexo si tienen la regla. No creo en los que viven con un móvil pegado en la palma de su mano izquierda. No creo en los bares en los que ya no se puede fumar. No creo en los putos amos, los máquina, los hacha. No creo en los retrocesos feministas subliminales y edulcorados. No creo en la ética ni la estética del PP. No creo en la rodaja de pepino en el Gin Tonic. No creo que lo bello sea lo bueno. No creo en el deja vú de las bodas. No creo en la humedad, salvo la de tu cuerpo. No creo en la mala educación, ni en los que nunca cambian de opinión. No creo en las casas sin plantas. No creo en la amistad después del amor, si es que realmente has amado. No creo en la sinceridad salvaje. No creo en la película Titanic. No creo en los que visitan el Louvre sin haber subido a la Giralda. No creo en las galas benéficas. No creo en los que al menos una vez en la vida no se han humillado por amor.

También creo que esta idea no es mía; y que a pesar de todo, parece que por este año siguen ganando las creencias.

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