respirar

Yo, apasionada de la ortografía como ley de vida desde niña, a estas alturas pienso que la peor falta de ortografía que podemos cometer contra nosotros mismos es no saber poner el punto final a todo aquello que nos hace daño. Que se nos vuelve en nuestra contra, una y otra vez, ayudado y avivado por nuestra jodida y delirante forma de ser.

La ortografía es como la moral; o se tiene o se carece. No hay más. Y las personas “normales” tenemos moral por nuestros actos, a pesar que hoy día parezca que la jungla se ha instalado definitivamente en nuestro inconsciente colectivo, y ya de nada sirven o se valoran la integridad o la honestidad de por sí, por principio de vida. Y esta pegajosa y aplastante realidad que nos circunda nos cala hasta los huesos, haciéndonos creer que al premio tiene derecho una persona exactamente por los motivos opuestos a las reglas de la moral; es más, luchamos por hacerle ver que tiene el premio delante de sus narices, con tan sólo alargar la mano, sin mayor esfuerzo por su parte. Y es justo al contrario.

Qué mundo delirante! Qué almas errantes en un mar desorientado!

Ojalá esta noche se presentara un desconocido a mi puerta, sin palabras, para entregarme un brújula bien calibrada. Me abriría el pecho en dos, para incrustarla entre el hueco que queda entre mi corazón y mi costilla, como un marcapasos. Escucharía su tic tac en el silencio de la noche, como una nana, confiando en que guiaría mis pasos de manera certera, y me dormiría tranquila soñando entre olas embravecidas que a pesar del vendaval, cuando acabe la noche negra y la primera luz del amanecer despunte, podré seguir el camino correcto, con sólo mirarla, porque ella me guía…

Ya va siendo hora de enviar a calibrar mi brújula.

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