Davide Bellocchio

Davide Bellocchio

En el mundo de la industria existe desde hace tiempo un elemento integrado en la propia cadena de fabricación, denominada Obsolescencia Programada, denominado así por primera vez en 1954; “Obsolescencia planificada a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo que éste deje de funcionar de manera óptima, sea inservible o se vuelva obsoleto, en un periodo de tiempo predeterminado por el fabricante o la empresa de servicios durante la fase de diseño de los mismos“. (Wikipedia)

Evidentemente, todos sabemos que el fin no es otro que fomentar el consumo constante, periódico, que los compradores, o sea, nosotros, que hemos dejado de ser ciudadanos o clientes para ser meros consumidores, tengamos el hábito adquirido de estar permanentemente reponiendo elementos en nuestro hogar, nuestro coche, nuestra vestimenta, nuestro ocio, etc. Antes se iba a comprar cuando se necesitaba algo, ahora el consumo y/o compra es un elemento de la vida diaria. Se estimula acelerada y artificialmente la necesidad de la compra.

Supongo que estos gurús del diseño de la obsolescencia programada habrán incluido en la ecuación potencial de venta que, una vez entra en juego, y a no ser que se trate de esa pieza a reemplazar que te la venden ellos mismos, el consumidor, si estima que el periodo de obsolescencia es insultantemente breve, rayando en la tomadura de pelo, directamente se decante por una marca de la competencia. Y ésto es peligroso, porque para la mayor parte de consumidores, una vez te decepciona un producto, todos los de la marca ya son iguales de malos, y ni se plantea adquirir los demás aunque no tengan el mismo fin. Esto me parece un factor decisivo y peliagudo, que me encantaría que algún día un gurú de éstos me explicase cómo lo afrontan. Forma parte de esas disciplinas, que se me hacen fascinantes, llamada Ingeniería del Valor, donde las marcas toman este tipo de decisiones.

También esa línea de producción y diseño genera miles y millones de residuos que serían innecesarios, afectando claramente a eso que llama Sostenibilidad Ambiental. Y que a todo el mundo se la suda, obviamente.

También los seres humanos nos hemos convertido en un producto. Por eso la imagen que ilustra este post, del fotógrafo italiano Davide Bellocchio. Desconozco si tiene título, pero yo la llamaría “La tapadera del amor”, por aquello de que es un pecho izquierdo. Y también tenemos averías, y dejamos de funcionar, y damos problemas, y nuestra vida útil, entendiéndose como plena, mengua. También arrastramos piezas con una alarmante necesidad de reemplazo, o al menos de una seria revisión para calibrar hasta qué punto habría que pasarse directamente a la competencia y no emplear ni un euro más en intentar que algo funcione.

Sé que, en el fondo, en todo este texto estoy hablando del amor. Releo todo lo escrito, y puedo estar hablando perfectamente del amor.

El amor también tiene obsolescencia programada, me temo. Y yo me cago en los muertos del fabricante.

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