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Este fin de semana acabo de celebrar mi particular 1 de enero. Inicio de todo, final de lo caduco.

Y ahora me siento particularmente bien. La sensación sería…. como aliviada.

Es cierto que algunas veces la Fortuna nos toca el hombro con su varita de la suerte, o nos deja un paquetito en la puerta, a la espera de que lo recojamos. Ese paquete llega sucio, manoseado, huele mal y nos da malas vibraciones. Lo dejamos en la entrada de la casa, no sin cierto recelo, a la espera de un buen momento para abrirlo. Las entregas de la Fortuna suelen ser curiosas, raras veces especifican el remitente, y de hecho, suelen venir empaquetadas a modo de problemas.

Un día te decides a abrirlo. No contiene nada más que podredumbre. No entiendes nada. Sin embargo, al fondo de la caja hay una tarjeta, que te dice que sólo tienes que utilizar un poco de tu imaginación para armar por ti misma ese kit que te ha enviado. Has tenido mucha suerte.

Y que tienes mucho de lo que alegrarte.

A veces perderse es la mejor manera de encontrarse.

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