Mujer

Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

Pablo Neruda, “Agua sexual“, publicado en el libro “Residencia en la tierra” (1925 – 1931)

¿Qué será? Debe ser la Luna. Esta Luna inmensa, color oro viejo, plena, tan cerca que puedo alargar mi mano y acariciarle la única cara que me muestra. ¿Qué habrá en la cara oculta de la luna? Ella es mi regente, rige mi signo, enturbia mi mente, recibe las únicas oraciones que aún conservo vírgenes de esperanza, y hace que me mueva como una gata silenciosa por los tejados en las madrugadas. Pienso ¿qué habrá en la cara oculta de la luna? Ahora lo sé. El lugar recóndito para los amantes.

Tengo la mirada iluminada, y es el primer día del resto de mi vida. Conozco la teoría; la Oxitocina, la hormona del amor, la Dopamina, responsable del deseo, y la Serotonina, neurotransmisor del enamoramiento, se elevan hasta límites insospechados cuando besamos los labios de otra persona. No dormimos en la misma cama, pero te oigo llegar. Te abrí la puerta de mis sueños, pusiste el pie para que no la pueda cerrar y te cuelas todas las noches, así que no te sorprendas de lo que te hago en ellos. Sueños tan jodidamente reales que me dejan pensando todo el día. Ven. Déjate entender. Me inundas de agua y la vida es arrastrada a las profundidades. Sabes que los mejores amaneceres se ven doble, lo sabes. Un día te dije que prometía solemnemente besar cada lunar de tu cuerpo, perder la cuenta y empezar otra vez. Y ya va siendo hora de que tú y yo arruguemos las sábanas. Déjame los labios hechos polvo, de nuevo. No como antes. Mejor. Más lentos. Respira hondo. Otra vez. Quiero dejar de pensar y pensar en el amor, y verme hacerlo contigo, alejar los arrepentimientos por lo que nunca ha llegado a ocurrir. Perdí la memoria de todos los cuerpos que he acariciado antes de ti, y ahora me sobra todo el mundo. Te quiero. Que lo sepas ya. Que lo oigas mil veces repicar en tus oídos. Ven a por mí de una vez y hagamos el amor como leones. Tú desnudo y yo bien depilada, y otras formas de hacer maravillas. Tienes todo lo que no sabía que buscaba, no sabes hasta qué punto, y si querer es poder, te puedo. Porque no hay nada más erótico que una buena conversación, tener a la inteligencia sentada delante de ti, a la espera de que le desabroches la camisa poco a poco. Y me gusta tener conversaciones intrascendentes contigo mientras pienso en cómo te haría el amor. Verás; quítate los pensamientos y déjalos junto a la ropa. A mí me gustas sin ella, pero déjate los sentimientos puestos. Túmbate en el sofá de mi cuerpo. Así. Respírame. No ves más allá de las velas. Yo encontré el trío perfecto, hacer el amor contigo y con ganas. Tener ganas de quitarnos los silencios de la garganta. Hacerla brotar. Diez uñas en tu espalda harán magia, y mi pelo enredado en tus manos. Y tus dedos en agua, mis manos en agua. Tu cuerpo sumergido en ella, en mí. Metámonos en un laberinto para no encontrar la salida, recorriendo cuerpos con los ojos cerrados. Sexo consentido y sinsentido. Sexo visceral. Sexo de algodón. Porque hoy por hoy el único final feliz que conozco se llama orgasmo contigo. 20 segundos de locura. Y esta Luna se empieza a impacientar.

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