Que tengas un buen día

Hazlo. Vete ahora. Ahora mismo, recoge tus cosas lentamente y ponte la chaqueta. Dale un beso en los labios con sabor a último y no mires atrás. Hazlo ahora que aún estás a tiempo, ahora que todavía te tienes en pie y no has agotado el concepto de súplica. Vete ahora, querido amigo, esta misma noche que te he conocido y he visto en tus ojos enamorados lo jodidamente mal que lo vas a pasar. No en este fin de semana, no en el mes que viene, no tras el verano. Sino tras toda esa vida que piensas que vas a tener a su lado y no te va a dar tiempo ni rozar. Tu entrega es suicida, y aún no lo sabes.

Pero yo, que lo conozco a él como sólo se conocen a los amigos del alma que han contemplado las estrellas y los abismos de cada uno a lo largo de los años, que conozco cada movimiento de su sonrisa y cada frunce de sus cejas, sé que no llegará a amarte. Y es algo que debes saberlo, por si se te antoja buena la idea de ir contratando un seguro de vida cuyas claúsulas especifiquen como válida la muerte natural por abandono. No, no te amará. Lamento decírtelo. Lamento profundamente derramar nitrógeno líquido sobre tu corazón encendido, pero me has caído bien, he visto tu lomo de cachorro anhelando su caricia y tus ojos recorrer envidiosos su ropa. He visto tu incapacidad para controlar tus manos, tu dulzura cayendo a goterones por tus pestañas cuando lo miras, y tu capacidad para reconocer que estás loco por él. Pero todo eso no es nada, no significará nada. No llenará ni un dedal en el vasto océano de las decepciones que te esperan. Las vas a pasar putas.

Así que vete, ahora. No esperes que pasen seis meses en los que el deseo mantiene drogado a la mitad del cerebro, porque sus riñones acabarán filtrándolo y abandonará su cuerpo tarde o temprano. Si te quieres, no te entregues. O hazlo, pero sabiéndolo de antemano. Juega a esa ruleta rusa pero no te tapes los ojos, hazlo a cara descubierta, a pecho abierto. De esa forma, no te lo abrirá él en canal cuando te lo diga, cuando por la ventana durante la noche se cuele ese bastardo hijo del amor marchito disfrazado de un “tenemos que hablar”, en el que él no querrá comunicarse contigo, sino comunicar. Algo que está ya decidido.

Ojalá pudiera decirte lo contrario. De verdad me encantaría. Decirte que eres el tipo con el que le apetecerá la idea de desayunar durante los próximos diez años. Vete haciendo a la idea que de no será así. Ve preparando tu cuerpo y tu mente como un corredor de marathon, con tiempo. Un poco cada día.

Recuerda, querido amigo, que el amor es la pistola con la que todos nos suicidamos alguna vez. Te espero al fondo, sentada en la barra del club, fumándome un cigarrillo. Y entonces te contaré cómo se hace para resucitar.

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