Fedor Dostoyevski, Literatura Universal con mayúsculas y más padre de la llamada Revolución Rusa que el propio Lenin, fue arrestado y condenado a muerte mediante fusilamiento por conspirador contra el zar Nicolás I en 1.849. Se le conmutó la pena capital en el último minuto a cambio de cinco años de trabajos forzados en Siberia, encarcelado en una estepa inmensa, desierta y estéril, abandonada del mundo y rodeada de nieves infinitas, llamada Omsk.

Dostoyevski describió aquellos años como “estar silenciado dentro de un ataúd“. Sufrió terribles agonías físicas por el hambre atroz y el frío espantoso, padeció toda clase de padecimientos al intentar sobrevivir rodeado de podredumbre y piojos, sepultado entre las paredes de aquel lugar en donde era inevitable “no comportarse como cerdos, desde el amanecer hasta el atardecer.” Todo eso lo sabemos por las cartas que escribió como pudo, no me imagino cómo, a su familia.

En ellas, lo más conmovedor cuando intentaba gritar su sufrimiento a sus lejanos seres queridos, no es que les pidiera algo de comida, o mantas, no. Les pedía libros. Les pedía que le enviaran libros a aquel agujero de inmundicia física y moral, en los límites de la supervivencia biológica. “Enviadme libros, libros, muchos libros, para que mi alma no muera”.

En esa película que por sí misma justificaría para los restos el invento de los hermanos Lumière como es “El Secreto de sus ojos“, de Campanella, se dice por boca del maravilloso Pablo Sandoval:

  • El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín; no puede cambiar de pasión.”

Las pasiones. Los impulsos inexplicables.

Una ya no sabe si debe pararse un momento a reflexionar si debe seguir así en la vida. Asumiendo que las pasiones naturales son un enemigo imbatible por naturaleza, además de un rasgo característico de una personalidad fraguada a golpes de contradicciones entre racionalidad y emoción.

Irracional es pedir libros desde un ataúd de hielo en Siberia a punto de morir por inanición. Irracional es sentir el impulso irrefrenable de querer leer un libro, absolutamente desconocido, sólo por haberse encontrado por casualidad en un escaparate tus ojos y su título. ¿Cómo no querer sumergirte en una novela que se titule “Verónika decide morir“? ¿Cómo se hace eso? Me declaro legal y vitalmente incapaz.

“El beso de la mujer araña”, “Monólogo de una mujer fría”, “Cómo me convertí en un estúpido”, “El libro de los amores ridículos”, “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura”, “Los libros arden mal”, “Dos damas muy serias”, “Cuando éramos honrados mercenarios”…. podría seguir y seguir hasta amanecido el día recordando libros desconocidos en los que me he zambullido sólo al tropezar mis ojos con sus títulos. Me ocurre ahora con “La ridícula idea de no volver a verte“, de Rosa Montero.

Incapaz de sobrevivir a la tentación. Una pasión es una pasión, como decía Sandoval, si me da por justificarme.

Pero eso alcanza cotas máximas de patología cuando deseas volar con todas tus fuerzas a un país ubicado en lo más remoto del mundo sólo por cómo suena su nombre, en silencio y con los ojos cerrados, retumbando entre los laberintos de tu mente. Estoy perdida. Hago enormes esfuerzos antes de sucumbir, de delatarme. Soy un caso claro de cobaya para psicoanalistas deseosos de ideas para tesis doctoral.

ZANZÍBAR

– “Organicemos un viaje, que llega el verano. ¿Dónde vamos?”….

– (zjdjfoiejoejwijojeowjoeñññññññññ……..) A Zanzíbar.

– ¿Zanqué? ¿Zanzíbar? ¿Eso dónde coño está? ¿Y por qué quieres ir?

– (zjljfeojoejoejoejofejoejñññññññññ……) Por cómo suena.

Se cierra el telón con un suspiro sosteniendo como puede la cara de estupefacción del que lo escucha. Menos mal que me conoce. Y a mis 37 añazos difícilmente voy a cambiar…

Imagen (click sobre ella para ampliar):

La recolectora de algas“, maravillosa fotografía de Zanzíbar, cuyo autor es Alberto Dieguez y cuyo blog, por supuesto, recomiendo.  http://enalma.wordpress.com/

Los impulsos inexplicables.

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