leer

Es el mal de nuestro tiempo. Presumir de la propia ignorancia, como si fuera un valor al alza en el mercado, algo de lo que poder estar orgulloso, algo sobre lo que se puede ser franco y proclamarlo a viva voz sin que merme tu autoestima o la percepción que tienes de ti mismo. Afirmar sin ningún tipo de pudor que no se lee, absolutamente nada, que no se ven “películas de hablar“, que se va al cine sólo cuando la novia/esposa se empeña un sábado y sospechas que si no luego lo más parecido al sexo que vas a catar es chuparte el dedo tras meterlo en el bote de la mayonesa.

Que leer me aburre. Que no tengo tiempo. Que los libros son caros.

Que la tele me entretiene. Que la tengo siempre puesta. Que es gratis.

Puede ser peor aún. Afirmar convencidísimo que te gusta leer, claro, cómo no, y tras acto seguido de la pregunta de rigor sobre el particular, enumerar toda la saga de “Crepúsculo”, las “50 Sombras de Grey”, de la mano del “Código Da Vinci” de Dan Brown, por no hablar del inefable “Los pilares de la tierra”. Y ahí para de contar. Ya está, se acabó. Sí, yo leo. Claro.

De la misma forma que pienso que comer comida basura como norma habitual lo que te convierte es en un cubo… (de idem), leer no es el mero acto de arrastrar los ojos sobre palabras negro sobre blanco. También hay literatura basura. Fast food for the brain.

¿Son prejuicios? Creo que no. Más bien lo asumo como tristeza. Es como observar a alguien pudiendo disfrutar de un maravilloso atardecer frente al Adriático y comprobar que pasa el tiempo whatsappeando banalidades con la cabeza agachada. ¿Cómo te puedes perder eso? ¿Cómo puedes?. Levanta la cabeza, coño!

Aún así, peor es presumir de ni tan siquiera consumir literatura de rápida digestión. Antes, como bien dice mejor que yo el protagonista del vídeo que abajo adjuntaré y que me ha dado pie a este post, la incultura y la ignorancia se habían vivido como una vergüenza, como una tara, como una laguna en tu vida, como un nivel inferior en la sociedad. Las personas formadas, cultas, eran las que habían tenido posibilidades de estudiar. Ahora justo al contrario. Todas las posibilidades al alcance de la mano, y gratuitas miles de ellas, y se desprecian. Ya no son necesarias ni imprescindibles para vivir bien la vida delirante que nos hemos montado entre todos, jodidos gilipollas, que se creen en el mejor de los mundos posibles. Adaptado cada vez más a su medida.

Decía Paulo Freire; “Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales de forma crítica“.

Y esas clases dominantes controlan la televisión, el mayor arma de destrucción masiva intelectual en manos perversas. El problema no es el invento; es el uso. La vergüenza no es el bajo nivel de formación, es la incapacidad para desearlo.

La vida es eso que pasa entre un buen libro, un buen amor, un buen café, y mucha mucha mierda. Y hay gente encantada de (mal)vivir entre esos paréntesis.

 

Presumir de la ignorancia es peor que el mal aliento. Aleja.

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