Princesa

Son las 6:15 h de la mañana de un martes que aún no ha amanecido. El futuro rey de Inglaterra acaba de nacer. Me he levantado de la cama a pesar de haber ocupado las dos horas que he permanecido sobre ella leyendo furiosamente, saltando páginas como un escalador en la cima, por espacio de 10 en 10 escalones, para llegar a un final que me carcomía. No suele ser mi costumbre. He cerrado el libro, he comprobado mirando al techo durante largo tiempo el enorme tamaño de la cama de matrimonio donde mis brazos y piernas abiertas no aciertan a tocar ambos filos, fresca, suave, color almíbar, y he sopesado la decisión de levantarme o dar rienda suelta a un incipiente deseo sexual.

He ido a la cocina y he comido un buen puñado de almendras, de pie, sobre la encimera. Ando descalza. Sólo llevo puesta sobre la ropa interior una viejísima camiseta de un equipo de Florencia, producto de un viaje hace milenios y que recuerdo haber observado puesta, al menos, a dos de mis exparejas. Al levantar fugazmente los ojos he visto reflejado en el cristal aún oscuro de la puerta de la terraza el perfil de mi cuerpo, la camiseta deja ver la curva que sube desde los muslos hacia la espalda, y tengo la melena más larga que nunca he tenido, tanto que en breve creo que podré taparme los pechos; noto huesos y perfiles en mi anatomía que antes han estado escondidos. Si no supiera que no vive nadie más en esta casa, por un segundo me hubiera preguntado quién es ella.

No he dormido nada desde que me desperté la mañana de ayer pero no tengo sueño, ni cansancio. Sé que no padezco de insomnio ni tengo los horarios cambiados ni estoy ociosa ni nada por el estilo, ningún lugar común al que culpar, salvo una mente que cuando dice de echar a andar literalmente le gana el pulso a la biología. Simplemente aprieta el interruptor y pone el automático. Tengo programadas veinte cosas para este día que aún no nace, y no sé cómo llegaré a resolverlas, si es que no decido en los próximos 40 minutos apearme del mundo sin mayor explicación. Al fin y al cabo, es pleno verano y no depende de mí el intenso recorrido de la productividad mundial. Oigo cómo mi vecino de arriba acaba de abrir el grifo de la ducha, y cómo, sobre su mesilla de noche, continúa vibrando la alarma del móvil que usa de despertador y que no ha desactivado. Todo lo demás, salvo el teclear de mis dedos, es profundo silencio.

¿Qué he estado haciendo hasta las 4 de la mañana? Navegar, qué bonita palabra, qué raramente poética suena para referirse a algo relacionado con la tecnología. Leer un montón de blogs y tumblr, buscar cosas que me interesan de todo tipo de pelaje, enlaces atrasados, críticas de cine, de libros, ver vídeos, escuchar músicas, leer todo tipo de prensa y artículos de opinión, escribir, facebook, twitter y alimentarme por los ojos en una palabra. Por eso me he olvidado de cenar. Tal cual. Fue el primer indicio de que iba a ser una noche de batalla perdida para la biología.

¿Se despedirá con un beso mi vecino de arriba de su mujer? Apuesto que no. Durante algunos años escuché cómo encargaban a sus dos hijos y ahora los gritos que me llegan ya no son de placer. Ella tiene ojeras cuando alguna vez me la cruzo en el ascensor. No somos amigas, sólo somos amables vecinas educadas, pero sé de su intimidad como si fuera su alma gemela. Como supongo que mis vecinos del piso de abajo sabrán de la mía, aunque ellos pueden optar entre gritos de placer o silencio; nunca he sido discutidora ni he perdido los papeles, o al menos, el volumen de mi voz. En el sexo tal vez; recuerdo que una vez también llegué a perder por unos momentos hasta la consciencia… Aquello estuvo bien. Francamente bien. Dormí doce horas seguidas después… Esto se está empezando a parecer a los Diarios de Anaïs Nin … ya no sé ni lo que escribo. Me he vuelto impúdica.

Algún día te contaré una historia con la que vas a flipar, pero será dentro de algunos años. Ahora siento que debo dejarte ir.

Acaba de amanecer… Esta enorme Luna llena ya se ha dormido. Hay un nuevo heredero a una corona milenaria en el mundo, y yo soy una princesa que aún no sabe dónde está su pequeño reino, mi sangre ha resultado ser toda roja y no tengo Chambelán ni Camarlengo a mis espaldas, como el futuro rey.  Bienvenido a la república independiente de mi casa.

Habrá que darse una ducha, princesa. El martes comienza.

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