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Soy una absoluta ignorante de casi todo en esta vida. Por eso soy tan curiosa, soy el perfecto ejemplo de que el ser humano necesita dos ojos y dos orejas, en vez de una suerte amorfa de Polifemo Van Goghniano. Y si me dieran un tercero de cada, también lo usaría. Ahora empiezo a saber distinguir, poco a poco de momento, una mezzosoprano de una soprano lírica o de una de coloratura, un barítono de un tenor, a lo más que llegaba era a distinguir las óperas rusas de las francesas o las italianas. Hasta principios del mes de agosto no sabía que existía un instrumento llamado saxo soprano, que nada tiene que ver con el saxo (saxofón) alto o tenor que normalmente se utiliza en el blues, el jazz o la música más general. Oh, sorpresa!. Ocurrió cuando una sola persona, rodeada de otras tantas de al menos similar talento, atrapa de forma absoluta tu atención de principio a fin en la oscuridad de un teatro. Y preguntas. A quién sabe. Y te explica. Y ya estás perdida.

Erbarme dich. Apiádate de mí.  Siempre he disfrutado de la música clásica desde el más absoluto desconocimiento técnico, aunque no histórico. Con 16 años escuchas por primera vez la famosa aria de Orfeo y Eurídice, “J’ai perdu mon Eurydice” de Gluck, cantado por una Callas en su mejor momento, y dices “Un momento, ¿esto qué es?… De repente otro día aparece Pachelbel con una “cosa” que se llama “Canon en D Major, o Satie, Bach o Puccini. Ravel o Mozart. Y así empiezas, a ciegas, poco a poco. Como en el sexo, despacio e ignorante. Deslumbrada.

Y sigo siendo ignorante, acercándome con humildad, consciente de que no sé apenas nada de un mundo que es capaz de hacerme llorar sentada en el asiento de terciopelo rojo de un teatro.

Erbarme dich. Apiádate de mí. – Algo tan hermoso como revisar on line los cargos en el banco, las facturas, los gastos generales de mi existencia por ahora (las monedas a cambio de vivir)… en una tarde de la segunda semana de septiembre, es, literalmente, darte de bruces con la realidad, máxime cuando vienes de recorrer cientos de kilómetros bajo el sol en bikini y con las ventanillas bajadas, dejando el pelo volar a lo Isadora Duncan y recorriendo playas semi vírgenes a años luz del turismo enajenado… (en este caso lo que sonaba en CD era Cesaria Évora)… Lo que se conoce como una caída en picado. Una vuelta al cole en la peor de las pesadillas infantiles.

Así que nunca mejor dicho lo de Apiádate de mí, Dios mío. Que dadas las circunstancias y las perspectivas, parece el paso anterior a coger la maleta e irte a tomar por culo. Así que la “Pasión según San Mateo” de Bach llenó mi casa para amortiguar mi particular crucifixión, y de paso, poner algo de belleza en la espesura. La ley de la compensación de las fuerzas, que le digo. Una tira y otra levanta.

En estas estaba cuando, durante esa maravilla que es el Aria Nº 39 “Erbarme dich, mein Gott” (Apiádate de mí, Dios mío) de la Pasión puesta en bucle, sonó el timbre. Era un mensajero de que me traía un paquete.

Buenas tardes, ¿Señora Elena tal y tal? Traigo un envío de tal y cual.

De fondo sonaba, bastante bastante alto, tengo que reconocerlo, Bach. Revisando la documentación vi que venía equivocado, así que tendría que rechazar la entrega.

Pasa, adelante, y apuntamos todo clarito en el talón para que no haya historias raras, te parece?

Bach en todo su esplendor. Ambos en el salón, yo escribiendo con la cabeza baja y el mensajero de pie. Le tendí el taloncillo para que él rellenara la parte que le correspondía antes de firmar en la maquina esa que traen y durante unos segundos observé que miraba al vacío. No me cogía los papeles. Y se inició una curiosa, amigable y sorprendente conversación:

Qué bonito… ¿Eso qué es? Lo que suena.

Confieso que me sonreí. Por un momento vi pasar toda una mañana de carreras a lomo de una furgoneta de reparto atestada de envíos por entregar en medio de un tráfico de gente cabreada a vueltas de sus vacaciones.

Es Bach…   (su mirada era exacta a haber terminado de explicarle la física de partículas…)   Es música barroca, alemana, Johann Sebastian Bach, de principios del 1700. Se llama la Pasión según San Mateo.

Ahhhh… yo es que no entiendo de música clásica.

Ya, pero veo que te gusta.

Sí… no sé… de repente me ha relajado un montón. Está guapo…

(Me imaginé a Bach mesándose los rizos empolvados de su peluca sopesando qué carajo significará lo de guapo…)

Sí, es cierto, relaja. No sería mala música de fondo para la furgoneta de reparto, ahora que lo pienso.

Uffff… como me ponga esto no llego ni a media mañana… me pongo cosas más moviditas… y si el móvil me deja.

Entiendo, claro.

Ambos nos sonreímos. Creo que tendría algún año más que yo, pero no mucho más de cuarenta. Bach seguía de fondo.

¿Me podría apuntar en un papel cómo me ha dicho que se llama? Pa relajarme cuando tiro pa casa, sí que me vendría bien.

Las cosas que pasan. Me vi apuntando detalladamente el número y nombre del aria del “Erbarme dich, mein Gott” de la Pasión según San Mateo de Bach en una cuartilla, hablando sobre que se lo podría bajar sin problemas del eMule o Torrent o Youtube, de que cuando tuviera un rato lo metiera en Google y leyera algo sobre él, sobre Bach, del estrés del tráfico, el curro y de la manera de sobrellevarlo, o al menos, compensarlo para no llegar reventado a casa o relajarse una vez en ella. Al cabo de un rato:

Oye, que muchas gracias… de verdad que me ha encantado. Lo buscaré.

(De repente, me tutea)

De nada, de la música clásica se tiene la idea de que es cosa de vejestorios aburridos y ni mucho menos. Se puede disfrutar igualmente que de un disco de Mago de Oz, o de Bruce Springsteen, no son incompatibles. Que te guste, no significa que sólo te guste esa música. Prueba, ya verás. Si coincide que seas tú el que me traiga de nuevo el pedido correcto, pues ya me cuentas.

– No lo sé, si seré yo, pero te prometo que me lo bajaré, sí. Oye, muchas gracias.

(El concepto “bajarse” a Bach daría también para unas copas…)

Me asomé a la terraza. Al llegar a la furgoneta, miró el papel durante unos segundos, como si lo leyera de nuevo. Lo dobló y se lo metió en el bolsillo de la camisa. Lo vi alejarse cargado de paquetes y una promesa de conocimiento.

Quién sabe. A mí me han inoculado venenos de formas más inverosímiles.

 

Ahora que empiezo a saber algunas cosas, esta maravilla está cantada en este caso por un tal Damien Guillon, un contratenor, que es la voz masculina más alta, como las sopranos, y lo curioso es los contratenores surgen a raíz de que la Iglesia Católica prohibiera según sus habituales argumentos calenturientos a los Castrati. Los contratenores suelen tener por ello mucho protagonismo hoy en las óperas barrocas, ya libres de alteraciones hormonales. En fin, quién sabe.

La imagen superior corresponde a los maravillosos escenarios flotantes del Festival de Bregenz (Austria) sobre el lago Constanza, para todo tipo de eventos musicales, incluidas óperas. Se cambian cada dos años. En este caso, años 1999-2000, cuando se representó “Un ballo in maschera“, de Verdi. Sigo siendo una ignorante, pero creo que podría vender mi alma al diablo por asistir una vez en la vida.

Recomiendo ver y leer este LINK.

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