relax

Mis relatos de viajes podrían remontarse hasta el Nasciturus latino y hoy jurídico, ya que por fortuna provengo de unos padres profundamente viajeros y se puede decir que ya estuve en lugares acogedoramente envuelta en la barriga embarazada de mi madre. Una vez sueltas las manos paternas, cuando una se cree suficientemente adulta para viajar ya por su cuenta en plena adolescencia, continúa por el mismo camino.

Sí, se puede decir que he viajado, a mi edad, dicho todo ello sin el menor signo de vanidad; cada uno es dueño de su dinero y de su tiempo, y de emplearlos como mejor estime. Yo cada vez que he tenido ahorrados dos duros, afortunadamente he podido ganar dinero pronto, he cogido la maleta y me he largado a cualquier parte, y las razones íntimas de los destinos elegidos casi darían para el relato más entretenido (y peregrino) de todos ellos.

He viajado con mi familia, en grupos grandes, en grupos reducidos de íntimos amigos, en pareja, por agencia, por mi cuenta… nunca sola, es curioso para alguien como yo, que tiende siempre a volar sola en algún momento de ese viaje y quitarme de enmedio un rato. Si me pongo a pensar, muchas de las mejores cosas que me ha ocurrido han sido en esos momentos; momentos que he obviado en ocasiones referir a mi círculo íntimo por aquello de que no sintieran el miedo a posteriori y no escuchar eso de “¿tú estas loca o qué…?”. Hay cosas que no se le cuentan a una madre o no estará tranquila la próxima vez.

He cogido sola un rickshaw en pleno laberinto abigarrado de la parte más vieja y deprimida de Jaipur mientras los demás andaban de compras; me cayó la mirada silenciosa de desaprobación del guía local. Me escapé sola ladera abajo, corriendo bajo una lluvia torrencial que me empapó como nunca, hasta la ropa interior, por uno de los volcanes de Isla de Pascua, sorteando cabezas de milenarios Moáis abandonados a su suerte en la tierra, imperfectos, inconclusos, mientras los demás corrían a ponerse a cubierto durante esas dos horas que para mí fueron inolvidables. He escuchado mi propia voz retumbando en el interior del tronco inmenso de uno de los árboles de Angkor Wat, con las palmas de mis manos apoyadas a cada lado, tocando apenas con la punta de los dedos por su envergadura, mientras sus raíces se extendían como lenguas de lava sobre la piedra de los viejos templos. Me he bañado todo lo que podía en la fuente natural donde los investigares de textos clásicos sitúan el nacimiento de Afrodita, en Chipre, y también me cayó seria conversación con los guardas. He sentido los ojos de un leopardo salvaje mirarme durante un tiempo indeterminable en pleno corazón del Kruger, y a una distancia, digamos, poco prudencial. He tocado el blanco mármol del Taj Mahal pero existe otro palacio, tan cerca que el Taj se ve desde sus terrazas, que se me ocurre de mayor belleza si cabe para la tumba de una princesa amada. Por otro lado, creo que San Sebastián es una de las ciudades más preciosas del mundo y Guipúzcoa una de las regiones más bellas, que Versalles es una broma al lado de La Granja de Aranjuez, que un maravilloso castillo medieval donde perderte un fin de semana de amor está en la meseta castellana y es más cercano que Escocia, que todos los días amanezco en una milenaria y hermosa Sevilla y que mi concepto de playa paradisíaca está más cerca de las desiertas de Cádiz, Huelva y Portugal que del Caribe.

Que una mujer joven puede llegar a tener problemas serios si se queda sola en algún momento en medio del Atlas marroquí porque existe una impunidad no escrita a alargar las manos hacia tus pechos o tu sexo. Que hay que llevarse siempre el doble de dinero, y la mitad de la ropa. Que debes leer antes al mejor filósofo, escritor o poeta que haya dado el lugar, y llevarlo encima. Que la mejor fotografía es la retina y la emoción. Que dioses hay en todas partes, y demonios también. Que me admira el intento desesperado por olvidar los Jemeres Rojos, las torturas militares de Pinochet o el Apartheid, cuando sus gritos aún los puedes oír retumbar a poco que observes. O también que se puede vender como souvenir el zippo con el que los soldados americanos que masacraban a tus abuelos en plena época hippie se encendían sus cigarrillos. Que debo tener una curiosa mezcla de sangre vasca y árabe, y me reconozco por los caminos fenicia, celta, griega y romana. Que he comido y bebido cosas que tal vez el sentido común cuestionaría. Que tengo más de una vacuna en mi cuerpo porque al ser occidental criada en la asepsia soy a priori un blanco fácil y deseable para la Naturaleza. Que puedo tener menos en común con un hermano europeo de lo que la UE propugna, y mis hermanas de sangre son las naciones que baña el Mediterráneo, algunas sin esa madre compartida. Que los niños quieren las mismas cosas en cualquier parte del mundo. Que Europa es una vieja dama, Asia una vieja puta y África una vieja esclava, y no sabría decir quién es más sabia de las tres. Que la Historia es infinita, fascinante y pendular, y la Naturaleza también. Que siempre hago el amor con mis parejas en las ciudades que visito, por lo que mis chinchetas en el mapa siempre serán de color rojo. Que la vista a lomos de un elefante no es menos vertiginosa que desde una avioneta. Que mi tendencia natural me lleva a los lugares vacíos antes que a los llenos, y que las dunas de un desierto son el mejor perfil de una mujer. Que mi tendencia también ha sido a ir postergando lugares porque entiendo que cuando se es joven y se cuenta con posibilidades, vete a recorrer Asia o métete 25 horas de vuelo en lugar de visitar Londres. Y Londres no la conozco. Son destinos fáciles para un puente tonto, “ya habrá tiempo“… Pero siguen ahí, pendientes.

Que soy una principiante, que aún no he visto nada y hay millares de paraísos por descubrir, quizás a menos de treinta kilómetros, quizás a miles. Que siempre pregunto dónde han estado los demás, quiero que me cuenten… Y que viajar, o hablar de viajes, simplemente es algo que no tendría fin. Así que, mejor lo dejamos aquí. Toca ahora, como bien sabemos, la etapa pendular de rememorar esos momentos y ahorrar lo poco que se pueda para seguir disfrutando cuando la Economía mundial deje de jodernos.

Gracias, SdeLV. Me ha hecho usted recordar el placer de escribir.

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