House

 

Siempre hay una razón diaria para un Martini. En ocasiones, porque no entiendes este mundo de locos, donde la mayor aspiración se está convirtiendo en subir frenéticamente fotos de la vida diaria a las redes sociales, como si estas fueran el filtro que reste a los ojos el dislike a todo lo demás que conlleva respirar. El Yo supremo. Los mundos paralelos. O los cartelitos, los cartelitos motivadores deberían incluirse en el Código Penal como atenuante de delito. Razones hay tantas como concejales de Cultura que necesitan escribir en Google una palabra antes de decidirse por la B o la V. O gente que se folla por Skype. El panorama en general no es alentador, tanto, que sospecho que la estupidez florece porque el abono diario viene disfrazado por la posibilidad de escondernos tras avatares, facturas de la luz que te hacen dudar de que sobrepases el mínimo de coeficiente intelectual y gente que pide muffings para desayunar. Qué bofetada tan grandísima vamos camino de ganarnos en la tómbola del mundo, como diría Marisol.

El martes pasado fui a la revisión anual del lado femenino de mi vida. Todo ok, como una rosa. Una visita al ginecólogo no machaca mucho más tu intimidad como persona que una entrevista de trabajo cualquiera. Te pones en manos ajenas y dejas hacer, como un corderito obediente. Y sonríe, siempre sonríe. Las situaciones incómodas donde hay que fingir naturalidad lo requieren. El entrevistador también está harto de su mujer, su hipoteca y de que caminar sobre el lado salvaje de la vida que su póster de Lou Reed con que decoraba la habitación a los diecisiete años se haya convertido en olvidar volver a casa sin pienso para el gato. Así que relajémonos todos. Tengo asignado un orientador laboral por el Estado, uno de esos servicios por los que las Autonomías se descargan la culpabilidad por los parados. Paso de los 35 pero me han puesto un tutor. Un buen tipo. Cualquier día se suicida con la esquizofrenia de leer libros de coaching durante el día y a Bukowski por las noches.

Con todo, aparte de por mi pelazo, tengo que dar gracias por haberla encontrado; a mi ginecóloga. Es un regalo en un mundo loco por los concursos de niños cantores. Llevo con ella más de diez años, y jamás le he visto el pelo dos veces con el mismo color o el mismo corte, sus peinados harían de Dalí un vendedor de biblias. Si te la cruzaras por la calle, pensarías que se acaba de escapar de una portada del Rolling Stone. Es una destroyer; el martes pasado iba con unos vaqueros tan agujereados como una vuelta a casa desde Vietnam, unas botas que envidiarían los Geos, una camiseta con el ombligo al aire y media cabeza rapada. El color de la otra mitad dudo si se tendrá nombre asignado en el Pantone. Te quita las tonterías y las cursilerías a hostias; como debe ser. Magnífica profesional. Bendita sea. Puse en sus manos a mi madre para una operación, que no revestía excesiva gravedad, pero se puede jugar con todo en esta vida menos con una madre. No creo que haga falta decir más.

Trabaja en la Sanidad privada, es su único fallo y lo que a mí me hace maldecir a boca llena, pero yo la seguiría hasta el infierno, nunca mejor dicho. Ella es la única razón. Terminada mi revisión, me despido de ella y voy hacia el mostrador para pedir cita, aún no tengo edad para mamografías pero me hago una ecografía de mama anual. No sé para qué digo esto, pero aprovecho para recordar a todo el que lo lea que lleven a rastras a las mujeres que amen. Las cifras son escalofriantes, cada vez más jóvenes, y si puedo no me pondré a tiro. Dicho esto, relato una tontería que me pasó el otro día pero que no se me olvida. Es una tontería de colegio, pero incluso ya lo he utilizado como concepto en sí mismo, el ‘Tercer Apellido‘ como sinónimo de kafkiano o surrealista, donde la Lógica es una vieja rockera que ya toma sopa frente a la tele en un geriátrico.

–  Buenos días, quería cita para [eso], soy paciente de la doctora [Tal], las pruebas se la remiten a ella directamente para que las vea.

– (Sin despegar la vista de la pantalla) Dígame su nombre.

– Tal.

(Silencio)

–  ¿Es paciente nueva?

– No, llevo años con la doctora, haciéndome la prueba, en este hospital.

– Repítame su nombre.

– Tal.

–  ¿Usted no tiene 63 años, verdad?

(Por un segundo se me pasó por la mente preguntarle si creía que mis tetas tienen aspecto de eso con toda la flema del mundo… y de preguntarle si en su contrato se especifica que no puede mirar a los ojos a las personas con las que habla, eso también) – No, tengo 38.

– Dígame un tercer apellido.

–  (…) ¿PERDÓN?

– Un tercer apellido.

– Perdone, no le entiendo, no tengo tercer apellido, le he dicho mi nombre completo.

– No la encuentro. Encuentro una Tal, pero con 63 años.

–  (… segundos sin acción)  Debe haber una ficha a mi nombre, provengo de la sede anterior donde trabajaba la doctora, hace años, y llevo otros tantos aquí. Mi expediente se trasladó sin problema.

– Tengo que poner un tercer apellido para buscarla.

–  Disculpe, NO tengo tercer apellido, se lo acabo de decir… (criaturita, me faltó añadir…)

–  Es por su bien, para que no haya problemas de confusión con la otra paciente.

– ¡¿POR MI BIEN?! Perdone, eso ha tenido gracia…

Conseguí que levantara los ojos, sí, tenía sangre en las venas.

– Tienen el mismo nombre.

– ¿Y sabe usted cuánta gente en España tiene el mismo nombre? Mi nombre completo es el que figura en el DNI a cualquier efecto, como todos, como usted, y tengo DOS apellidos.

–   …

– A ver. El número del DNI se inventó por eso. Y apuesto que mi ficha lo recoge. Y supongo que quien haya diseñado la base de datos que manejan lo habrá tenido en cuenta.

– Sí… ¿No puede darme un tercer apellido?

– (…) Haga las búsquedas por DNI y no por nombre… (Veía reflejada la pantalla en un cristal que tenía detrás, manejaba SAP, lo utilicé durante años)

– Pero a mí me han dicho que busque siempre por nombres.

(Respira, Elena, inspira, respira…)

Veinte minutos después, visita de compañera incluida, conseguí mi cita. No era ni un niño ni un novato, por lo que pude apreciar en su conversación. Veinticinco minutos de mostrador para pedir cita. Cola detrás. Es un enorme hospital especializado en Ginecología, Ostetricia y Partos. En ningún momento elevé el tono. Disfruté de los aberrantes fotocuadros de bebés edulcorados entre flores que poblaban las paredes para distraer la ira y templar la lengua. No me quedé sin ella de milagro, de tan fuerte que me la mordí. Mis padres debieron educarme peor.

Recogí mi volante, di las gracias y me giré para escapar de allí, de ese escenario de ineptitud y aborregamiento, lamentando la cantidad de gente preparada, inteligente y resuelta que conozco pasando los lunes al sol, como la película.

–  Tampoco hubiera pasado nada porque me dijera un tercer apellido… cómo es la gente… (escuché que susurraba por lo bajo)

Me giré, lo miré durante unos segundos y él corrió a esconderse tras la pantalla. Cuando iba en el coche pensaba que, a sus ojos, yo era incluso un “cliente”, es Sanidad Privada; ni me lo quisiera imaginar trabajando en un organismo público cara a los ciudadanos de a pie.

Todos los días existe una razón para un Martini. Para no levantar la cabeza de la pantalla del móvil, hacerte la piel de rinoceronte y tocar el piano entre bombas. Para desconectar una vez traspasado el umbral de esa puerta, dedicarme a mis múltiples obligaciones de ser no pensante a tiempo total y no averiguar que cómo es posible que cada día que pasa me sienta más marciana entre iguales. Un mundo delirante que yo no comprendo, que me desayuno cada día en la prensa y observo cómo se desenvuelve en la calle.

Tengo que ver más concursos de televisión. Le pediré a mi ginecóloga que me lo recete, así de paso se lo cuento y seguro que se parte la caja conmigo. Me ha contado cosas que no imaginaríais, como en Blade Runner. Así lo pago de mi bolsillo, que me dolerá más y algo aprenderé. Como debieron hacer con muchos financieros en este país.

Eso sí. Llevo un par de días dándole vueltas a eso de tener un tercer apellido, “por mi bien”, que es lo importante, ojo. Como en Política. Que acabe en –ez, para que no destaque mucho. Somaez ME GUSTA. LIKE. Y si dicen que tiene todas las ventajas del Cristianismo y el alcohol, pero sin sus efectos secundarios (Wikipedia dixit), a ver quién se resiste.

Es perfecto. Decidido.

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