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Sí, alguien ha muerto. No sé quién es, si hombre, mujer, joven o viejo, ni en qué circunstancias, si era esperado o tiene detrás una de esas llamadas que nadie quiere recibir y hace que se te doblen las rodillas. Tampoco si vivió a la vuelta de la esquina o al otro lado del país, tal vez me lo haya cruzado alguna vez, yo le cediera el asiento en el metro, cambiara las ruedas de mi coche o fuera el director de un hotel en el que estuve. Pero está muerto. Ahora está muerto.

Y lo sé porque uno de sus riñones en apenas un puñado de horas estará dentro del cuerpo de mi padre. No lleva ni mes y medio en la lista de espera de trasplante de órganos. No es eso lo normal. Tampoco que ni haya pasado por diálisis, la travesía que casi todo el mundo ha de recorrer cuando el fallo renal decide llamar a su puerta. La diálisis te obliga a estar enchufado a una máquina muchas horas a la semana o a portar un dispositivo pegado a tu cuerpo como un siamés, y no es eterna, no es en sí un tratamiento y degrada tanto el organismo que sólo se entiende como paso previo y espera anhelante de ese órgano ajeno que vendrá. Mi padre tiene uno de esos grupos sanguíneos raros, que escasa población presenta, por lo que la Seguridad Social lo sube de escalafón, casi a modo de paradójica recompensa, a los primeros puestos de la lista. “Sujeto prioritario“. Su nefróloga ya dijo que en nada estaría trasplantado, pero nunca nos figuramos que fueran semanas mal contadas.

Mi padre lleva cinco años desde que se encendió la luz roja. El único riñón que tenía estaba dando síntomas de fallar. Mal asunto. Se puede vivir con uno sólo, pero sin dos ya es pasarse. No pidas tanto. El izquierdo se lo quitaron hace décadas. Yo no tengo recuerdos de eso, tan sólo el testigo inapelable de un costurón que le recorre media espalda, de los tiempos cuando la laparoscopia era cosa de ciencia ficción. Hoy apenas deja un agujero disimulado. Yo era muy pequeña, y tan sólo recuerdo que, de repente, mi abuela estaba todo el día en casa y se sentaba conmigo a ayudarme a hacer los deberes del cole, porque mamá y papá estaban de viaje en Barcelona. Lo hicieron bien. Creo que mis padres han hecho todo siempre bien. Lo único que sé de mi misma, con certeza, es que soy buena hija, y dudo que ese mérito sea mío. Ahora que lo pienso, no sé si mi hermano, dos años mayor, estaba al tanto. Nunca hemos hablado eso. Si lo estaba, desde luego, se encargó de que no lo supiera.

Lo más curioso de todo es que ese riñón nunca sabremos si funcionó. Así se lo dijeron a mis padres. Pudo dejar de funcionar un día o pudo no haber funcionado nunca. La cuestión es que mi padre ha vivido décadas con uno sólo, perfectamente, siguiendo su vida normal, una revisión al año y listos. Todo OK. Hasta que un OK fue el último. El siguiente ya detectó fallos de funcionamiento y toda la maquinaria se puso en marcha. Surtido amplio de medicamentos y cambios drásticos en la alimentación. El potasio se convirtió en la bestia negra. Nunca aprendes tanto de la composición de los alimentos hasta que ocurre que debes establecer una rígida rutina de alimentación. Nada de vegetales crudos. No ensaladas, fuera gazpachos. Al más frutero entre los fruteros, al que aún viniendo de cenar de la calle a las tantas se tomaba una pieza de fruta “porque si no parece que no he comido“, le dicen que exclusivamente manzana o pera, sólo una al día y alternas. Cuidadito con las proteínas, una porción de carne o pescado al día. Cualquier vegetal, legumbre o tubérculo utilizado la elaboración de la comida debía ser hervido dos veces, “hierves, tiras el agua, y hierves” pasó a ser el lema en casa de mis padres. Sólo el lácteo de la leche del café de la mañana. Vida sin sal. Sin frutos secos. Olvídate del crujir de una lechuga, del frescor de un tomate. Olvídate de olvidarte qué comiste ayer.

Como en todas las familias, mi madre. ¿Quién acaso lleva el timonel cuando la tormenta arrecia? Se encargó de todo casi sin que mi padre se diera más cuenta de la necesaria. Y mi padre se encargó de que, a pesar de que él tuviera una orden de alejamiento, en el centro de la mesa familiar no se escondiera nada y su familia pudiera disfrutar de todo lo que puede entrar por la boca delante de sus narices. Mi familia no es esclava de lo mío. No, el mérito no es mío.

Salvo eso, su vida ha sido perfectamente normal. Ha seguido trabajando y encargándose de todo. Eso sí, desde entonces, sus tartas de cumpleaños han sido cosa mía. Siempre le he hecho una tarta de manzana, lo único que podía comer, y tuneada en mis manos. Una simple tarta de manzana se convierte en un objeto de culto.

Ha estado años así, controlando la cosa muy bien. Hasta el equipo de nefrología estaba sorprendido. Cinco años sin necesitar diálisis, como casi todo el mundo. Siempre lindando el precipicio, pero sin caer. Cada vez que tocaba revisión para ver si el riñón al que se cuidaba como un bebé amenazaba de muerte súbita y se superaba, mi padre le decía a todo el mundo riendo: “Me han dado la condicional“. Jamás ha dejado de trabajar, mucho además, profesional liberal que heredó de sus padres una mano delante y otra detrás y el campo pa correr, y que ha conseguido darnos un nivel de vida incluso superior a la mayor parte de la gente que conozco. Mi madre dejó de ser maestra cuando yo vine al mundo, y más tarde ha trabajado con él y para él, llegando a saber casi tanto y desenvolviéndose en el despacho como pez en el agua. Yo tengo el recuerdo de pequeña, dormida, del teclear de la máquina de escribir de mi padre al otro lado de la puerta cerrada de mi dormitorio un martes cualquiera a las dos de la mañana. Tiene la medalla al mérito coleguial. Yo soy la niña de sus ojos. Yo no conozco mejor padre de familia. No puedo entender mi vida sin él.

Los padres son invencibles. Eso crees, cuando eres niña y tu padre es un titán de sabiduría. Cuando lo sabes admirado y querido por todos, y temido llegado el caso. Hombre de principios irrenunciables, escaso de caprichos terrenales, lúcido de mente y afilado de análisis. Culto, divertido y de carácter. Esa clase de persona que siempre sabe lo que hay que hacer, aunque te joda. Que si no tiene la razón, descuida, ya la tendrá. He tenido múltiples ocasiones de comprobarlo.

Y ahora ha muerto alguien. Son las cuatro de la madrugada. Hace un par de horas ha sonado el teléfono, a esa hora en la que una sabe que no es Vodafone, y que descuelga agarrándose el alma, a la espera de recibir alguna noticia que no se desea. “Nos acaban de llamar, Elena. A las siete estoy en quirófano“.

Ya he preparado mi pequeño neceser. Y me he puesto la pintura de guerra en la cara, dispuesta a que los días que vengan me encuentren poderosa. Y si no lo estás, te jodes. Ni síntoma de lo contrario. Al enemigo, ni agua. No, los padres no son invencibles. Llega un momento en que te das cuenta, y tu hermano y tú de repente tomáis las riendas de las situaciones. Pasar de ser cuidada a cuidar. A ser soporte y refugio. Sé que no iba a dormir, así que para qué acostarse. A las cinco y media de la madrugada de un viernes a un sábado me cruzaré conduciendo con gente que vuelva de fiesta. Yo voy camino de mi propio ojo del huracán.

Sanidad Pública. He hecho averiguaciones de lo que costaría todo el berenjenal, cuál sería el precio de la vida de mi padre. Obviamente, quitando el órgano. Y es brutal. En EEUU hipotecas hasta la vida de tus bisnietos. He podido saber el nivel excepcional que rodea en España todo el asunto de la donación y trasplante de órganos, y lo ferozmente controlado, regulado y vigilado que está el asunto. Somos la envidia de Europa, los estúpidos españoles.

No sabré nada de quien ha muerto. Durante este tiempo muchas veces he reflexionado al respecto. No es algo que se dice tal cual, pero “realmente” estás esperando a que alguien muera, no deseando, sino esperando, como con esa concepción de la fatalidad de la vida que tienen los muy viejos del lugar. Alguien estará llorando, supongo, mientras yo apuro un cigarrillo y miro de reojo el reloj. Todo va a salir bien, por mis benditos ovarios. Ojalá fuera dentro de una semana y supiera todo. Jugaría con ventaja para manejar la situación. Supongo que por eso estoy escribiendo esto.

Seas quien seas quien has muerto. Gracias.

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