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Esta noche mi pensamiento irá hacia Don Antonio Martín Macías, que murió este enero casi a los 80 años. Decía Rilke que “La verdadera patria del Hombre es su infancia”, y yo añado que siempre estará llena de personas, formando un mosaico de fantasmas a tu espalda, casi en formación romana, que te sostendrán. Una de ellas fue Don Antonio.

¿Infancia? Adolescencia final, más bien. Primera juventud suena demasiado cursi. ¿Qué edad se tiene en COU, 17, 18 años? Tendría que mirarlo. Con esa edad maleable hice el COU, Curso de Orientación Universitaria, ese curso suelto, último de la Enseñanza Media, para los que querían optar a Selectividad y entrar en la Universidad, un verso suelto para mí. Lo hice en la Academia IFAR, en Sevilla, ya que mi vida entonces, casi diría, la pasé entera en el mismo colegio desde parvulario hasta completar el BUP, muchos años que se dice pronto, pero no contaba con COU.

IFAR ya no existe. Es uno de esos deliciosos fantasmas. Era un edificio del siglo XVIII, una imponente pero discreta al exterior gran casa sevillana, de fachada casi conventual, y un interior espléndido nunca adivinado desde la calle. Se levantaba en pleno casco histórico de la ciudad sobre los cimientos de un antiguo templo romano, y se distribuía en tres plantas girando sobre un gran patio cuadrado central de arcos y columnas, con más años que la suma de todos los que hubiéramos dentro. Una inmensa escalera de madera, con los peldaños combados del tiempo, del gusto del clasicismo desornamentado herreriano, daba acceso a las aulas. Un palacio monacal, diría.

Y en ese patio fumábamos. ¿Cómo plantear siquiera hoy día que los alumnos fumen en su colegio? Apoyados sobre esas columnas, charlábamos y fumábamos juntos y revueltos, profesores y alumnos, como un centro nuclear donde convergiera todo lo dicho en las plantas superiores, en las aulas. Arriba se enseñaba, abajo se discutía. Sonaba el timbre de llamada a clase y el suelo quedaba alfombrado de colillas adolescentes; pero también de colillas docentes, porque los profesores fumaban con nosotros (¡Herejía!) Y Don Antonio era un empedernido fumador, de colilla ligeramente caída pero tan firmemente agarrada entre el principio de sus dedos casi como prolongación de la carne de su mano, y que hacía tapar la vista de su cara cuando se acercaba a la boca la palma extendida. Sólo quedaban al aire, entrevistos, sus pequeños, brillantes y astifinos ojos. Un cigarrillo a Don Antonio le podía durar un decenio. Bocanadas largas, siempre pausadas, exhalando el humo con la mirada de quien sabe que cuando termine va a decirte algo que te cambiará la vida.

IFAR era entonces uno de los curiosos fenómenos ya extinguidos, una empresa familiar, ni colegio religioso concertado ni instituto público como los de ahora. Con un nivel de profesorado excelente, extraordinario, cuyo mérito principal era ese. Profesores de todas clases, leches, edades, ideas… Los grandes colegios se forjan así. Un rara avis entre colegios congregacionales y educación pública laica. Estaba rodeado de viejos bares, cafés y tabernas antiguas, en pleno meollo del centro histórico, donde desayunábamos. Mucha de la crema política estudiantil sevillana, muchos de los que construyeron los pasos del tardofranquismo a la nueva democracia, años antes que yo, pasaron por allí.

Don Antonio; tres asignaturas, si no recuerdo mal. Y ni lo sé, porque todas se me devienen en una; lo que yo aprendí. Póngase el nombre que se quiera. Abusaba de los dictados, pero la inflexión sosegada de sus palabras lo suplía todo, me maravillaba. Era un hombre que iba a otra velocidad; recuerdo su cadencia al andar jamás alterada, su trato dulcísimo y paternal, exquisito, sus gafas de bibliotecario antiguo y el cuerpo más flaco que probablemente veré nunca. Enjuto, seco, cultísimo; de austeridad franciscana, le recorría cierto aire de sabio meditabundo retirado en el desierto, alejado de misterios mundanos. La piedra con envoltorio de cristal.

Muchas colillas compartidas en tiempos de miradas cómplices, sin palabras. Cuando hablábamos, siempre tenía la sensación de que por encima de lo que yo estuviera diciendo él estaba diseccionándome con mirada de entomólogo, más allá de esos ojos casi indistinguibles detrás de sus gruesas gafas, más allá del brillo intensísimo y la fuerza que tenían. Creo que toda la fuerza de su esquelético cuerpo se concentraba ahí, a la desesperada. Sé que yo no era una alumna más para él. Y sé que casi le parto la boca a uno cuando se refirió a él con su mote. Era “El momia”. Lo normal, todos tenían uno, algunos graciosos, otros no; forma parte del paisaje docente.

Hoy IFAR es el Museo del Baile Flamenco de Sevilla. Se hizo una monumental restauración de edificio y se habilitó para ello. Curiosamente, nunca he ido, es de esas cosas pospuestas eternamente que sabes que nunca cumplirás. Tal vez lo haga ahora. Quiero negar la negación, negar que no quiero ir en el fondo. Me han hablado muy bien de la restauración y del espacio expositivo, he visto fotos, artículos… Pero los fantasmas no cambian de color, supongo. Para mí IFAR es Don Antonio Martín Macías. La emoción de mi recuerdo. Es curioso que lo hondo, lo estremecedor, el alma seca del Flamenco se den la mano con él.

Esta madrugada en Sevilla sale “El Silencio“. Don Antonio era y es figura principal en la hermandad, y era Hermano Mayor de la cofradía cuando yo me sentaba en esas aulas. Nada que ver con el resto. Y nada que ver con que se tenga o no sentimiento religioso o católico. La Semana Santa en Sevilla estremece a los ateos, y eso es incuestionable, con independencia de las premisas intelectuales al respecto de cada uno. Yo, la primera. Pero es que ya no tiene nada que ver. Se sostiene sobre las mismas columnas que la Ópera, es un espectáculo sensorial, que aúna música, escenografía, iluminación, narrativa, espacio, aire y representación. Toca los mismos resortes cerebrales y emocionales que el “Nessun Dorma” de ‘Turandot’ en la Scala de Milán.

Mi sensibilidad estética me lleva a las llamadas “cofradías de negro“. Caoba, plata, silencio. De las que se oye el sonido de un pájaro construyendo el nido cuando pasan rozando las cabezas de una bulla de dos mil personas. A las de noche con Luna. Sevilla, escandalosa por naturaleza, vital, visceral, probablemente fabrica los mejores silencios del mundo cuando quiere. Sevilla, la ciudad con más conventos de Europa, y Sevilla, presente en más de cien óperas, desde Beethoven, Mozart o Bizet, es eso.

El Silencio“, fundada en 1340, con túnica de absoluto ruán negro, con ancho cinturón de esparto, es el paradigma. Exacta, imperturbable como los siglos. Ferozmente rigurosa y seria, la Virgen tan sólo lleva pequeños adornos de flor de azahar; los nazarenos tienen voto de silencio y la prohibición de mirar atrás, durante el recorrido en la Madrugada, apenas alumbrada por las estrechas calles de Sevilla, siempre portando los cirios en vertical y en suspensión sin tocar a escasos centímetros el suelo. No pueden levantarse el antifaz, estar en lugares públicos portando la túnica, deambular por las calles. Nada de bandas de música de cornetas; una estremecedora música de cámara, formada tan sólo por tres instrumentos, clarinete, oboe y fagot. Es el rigor, la austeridad, la compostura, la severidad, la solidez del sentido penitencial.

Eso es Don Antonio Martín Macías. La Madrugada de aquel año en el que yo era su alumna, obligué a todos mis amigos y a mi entonces pareja a ir con tiempo más que anticipado. El Hermano Mayor porta, colgada del cuello sobre el antifaz, la pequeña llave del Sagrario, lo único distinguible entre todos. Allí, desde un lugar privilegiado que elegí cuidadosamente, en mitad de la madrugada, mis ojos y los de Don Antonio se cruzaron largos segundos. Moví ligeramente la cabeza hacia abajo en una especie de señal de respeto. No hizo ningún gesto, pero vi brillar sus pequeños ojos tras el ruán, como tantas otras veces, y como, aún hoy, sigo recordando.

Nunca lo comentamos.

Mis notas en Selectividad fueron espectaculares.

PD: Reseña del fallecimiento de Don Antonio en el Diario de Sevilla, a fecha 19 de enero de 2015. DEP.

Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis

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